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La noche que odié a papá

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Habían pasado cuatro años desde que papá tomó dos maletas grandes, recogió sus cosas, se fue y dejó instalado, para siempre, un clima de soledad y vacío que nadie, nunca más, pudo llenar.

Mamá, mis hermanas y yo conocíamos distintas versiones de por qué se fue,pero lo que estaba claro era que nunca tuvo una respuesta digna a su deterioro moral y, aunque la hubiera tenido, lo que había destruido era irreversible.

Tenía otra familia. Así, como decir que en los dos bolsillos delanteros de sus pantalones guardaba la misma cantidad de dinero, de llaves, de afectos, de deseos sexuales, de esposas, de compromisos.

Estaba casado con mamá por lo civil y por la iglesia, pero cuando mis hermanas fueron descubriendo que a mi padre nada de eso le importaba era posible acusarlo de bígamo ético: no se había casado con la otra señora, pero tenía dos hijas con ella, más o menos de las mismas edades de mis hermanas menores (16 y 14), e inventaba historias relacionadas con su trabajo para inventar extrañas historias que le permitían, supongo sin que la conciencia lo atormentara, unas noches y fines de semana con nosotros y otras noches y otros fines de semana con ellos.

La expectativa nuestra de cada mañana era como si cruzáramos los dedos para que saliera el sol. Abrir los ojos y tratar de oír algún sonido que nos indicar si esa noche había venido, aunque fuera tarde, y si había dormido con mamá.

Era como la lámpara mágica que anhelábamos, el abrazo imaginario, la seguridad de saber que nos amaba, que le importábamos, que se preocupaba por nosotros y que, a pesar de la extraña relación entre mamá y él -muchas veces ella dejaba de hablarle porque no había venido a dormir la noche anterior y porque creaba mundos paralelos con supuestos viajes a Guayaquil o a Cuenca, con presuntas farras en las que los amigos le obligaban a amanecer bebiendo whisky, comiendo cangrejos, jugando pokar, escuchando a los Benítez y Valencia, a los Miño Naranjo, a José José o a Carlos Gardel.

Era hábil, demasiado hábil para mentir. O, quizás, no era un farsante sino un esclavo de esas mentiras, un reo de su manera de ser con las mujeres, un prisionero que salía y entraba de la cárcel por su confusión entre lo que deseaba y lo que era la realidad.

Podía caberle muy bien el calificativo de cínico. O, quizás, de un depredador de mujeres. Le mentía a mamá y, obvio, le mentía a la otra señora con la que dormía cuando no veía a nuestra casa. Nos mentía a sus hijos al decirnos que nos amaba, así como, seguramente, les mentía a sus otros hijos al decirles que los amaba.

Y aquí estábamos, frente a frente, en el Capri, el conocido salón (hoy le diríamos bar) donde solía reunirse con sus amigos. Pero era un martes. Y yo, que pasaba la tarde y buena parte de la noche con las tareas escolares, había salido de casa sin avisar a mamá porque pensé que era un acto de traición.

Estábamos él y yo. Nadie más. Era como las siete de la noche y afuera lloviznaba. Frente al Capri estaban el parque de La Alameda, con las ramas húmedas de sus árboles centenarios y patrimoniales y el monumento de piedra y bronce en homenaje a Simón Bolívar, siempre con la espada arriba, en dirección a la libertad, montando en hermosos caballos, proyerctándose al paraíso de los héroes de la independencia de España.

De niño, cuando paseábamos con mis hermanas y papá algún domingo, él nos contaba que todos esos árboles eran traídos desde Europa (acacias, secoyas, palmas, cedros, arrayanes, eucaliptos, magnolias y fresnos) y solo uno era nativo: el huarango. El más viejo del parque es un ciprés macrocarpa de unos 120 años de edad. Lo recuerdo porque era una historia que nos repetía una y otra vez mientras caminábamos por los senderos.

El monumento también tenía su historia. Los ganadores de un concurso internacional convocado en 1918 para levantarlo fueron un grupo de escultores y arquitectos franceses. Esto lo sabía porque fue una de las preguntas de un examen de historia patria: diez años después se eligió a Jacques Zwobada, René Letourneur, Félix Bruneau, René Marouzeau y Louis Émile Galey.

Los artistas trabajaron durante casi cuatro años (1929-1933) en un taller instalado en Fontenay-aux-Roses, cerca de París. Al terminarlo enviaron las piezas de la escultura por barco hasta Guayaquil y en 1934 lo trajeron en tren a Quito, donde el municipio encargó al ingeniero quiteño Pedro Pinto Guzmán que lo levantara.

Aquellas historias de los árboles y el monumento eran símbolos de lo perenne, de lo estable, del proceso natural de creación y crecimiento, de lo que duraría para siempre, al contrario de la volatilidad del corazón del hombre que ahora me miraba desde su impostura disfrazada con un traje elegante, una corbata y su clásico peinado con brillantina.

Horas antes me había llamado a casa para decirme que necesitaba hablar conmigo de urgencia. Por el auricular se escuchaba su respiración agitaba, su voz perturbada y sus palabras quebradizas y cobardes.

¿Cómo se atrevía a llamarme cuatro años después de un silencio y un abandono que derrumbó todas mis creencias, desde la religiosa hasta la familiar?

Yo tenía 17 años y sin entender lo que él hizo él me confundía con los valores y principios de la lealtad, la honestidad, la vergüenza, la dignidad, el sentido de lo correcto, de lo ético, de lo coherente, de lo sentimental.

Quizás te dé dinero, dijo mi hermana Patricia, con tristeza. Y me lo decía con sinceridad, porque nunca entendí cómo logramos vivir sin recursos económicos suficientes para sostenernos mamá y sus cuatro hijos.

O quizás quiera regresar y busca que le ayudes a despejar los resentimientos de nuestra familia, dijo mi hermana Carmen, entusiasmada.

El Capri estaba cerca de donde vivíamos, en una naciente ciudadela que estaba situado junto entre dos clásicos barrios quiteños: La Tola y El Dorado.

Llegué antes que él. El ambiente me pareció sórdido. Hombres maduros y semiancianos que hacían todos lo mismo: beber cerveza o aguardiente, picar quesos con jamón y aceitunas y jugar póker. Las mesas de madera estaban pintadas de rojo y con manteles de plástico con dibujos de mujeres rubias, bien dotadas, en traje de baño. En las paredes, unas acuarelas de Roma y dos o tres calendarios con fotos de chicas voluptuosas.

Yo jugaba con un pequeño salero de cristal cuando apareció aquel hombre al que nunca más pude decirle “papá”.

Cómo estás, hijito, caramba, tan grande, ya todo un hombre.

Era previsible que me dijera cosas como esas y yo no estaba de humor para devolverle los cumplidos.

¿Ya tomas cerveza o algún trago? La pregunta me ofendió. Quise responderle que no, que no era como él, que no había tomado una gota de licor en mi vida y que, con su mal ejemplo, no lo haría jamás.

Pero no le dije. Se acercó un hombre con camisa blanca arrugada, el cuello raído y sucio y un bien abotonado chaleco de un color entre rojo y lila.

Papá le devolvió el saludo y el salonero fue directo a la pregunta de cajón: buenas noches, don Manuel, qué gusto. ¿Qué les sirvo?

La respuesta fue de lo peor: como ya mi hijo está hecho un hombrecito, tráiganos dos Pílsener para brindar, mi querido Lucho.

Y ahí estábamos, frente a frente, mirándonos a través de la densidad del humo de los cigarrillos que todos fumaban y escarbando lo que se vendría en medio del agrio y visceral olor a cerveza.

Quiso hacer un brindis y chocar los jarros, pero yo dejé el mío sobre la mesa y solo le dije “salud”.

No hubo solicitudes de perdón ni arrepentimientos. No hablamos sobre los años que habían pasado desde que se fue. Para él la vida que llevaba era normal y, quizás, estaba convencido en su alma atormentada que todos los demás éramos como él.

Se llevó un sorbo a la boca y yo hice lo mismo, aunque con una sensación de asco que rebasaba el entorno y expresaba mi molestia, mi arrepentimiento por estar allí.

Empezó a hablar con un tono de detective o de interrogador. Nada tierno. Nada amoroso. Por su frente corrían gotas de sudor y dejó de mirarme. De repente se había puesto pálido y era evidente su vergüenza por lo que estaba a punto de decirme.

Repitió lo de que “ya estás hombrecito”, pero esta vez añadió: “y tengo que decirte la verdad hoy mismo”.

Cuando escuché por enésima vez lo de “hombrecito” recordé que esa mañana fue histórica para el colegio La Salle, dirigido por unos ambiguos seres que vestían sotana negra, que se hacían llamar “hermanos cristianos” y no “padres” y que ejercían lo que el rector denominaba con orgullo “la disciplina del miedo”, como si la amenaza, la agresión verbal y los castigos fueran los pilares de la pedagogía que ellos habían traído de Francia.

Veía que papá movía los labios y gesticulaba con los manos, pero yo trataba de pensar en lo que aquella mañana ocurrió: por primera vez en la historia del colegio habían entrado chicas. Eran adolescentes del colegio La Providencia, regentado por monjas, para ver una película de Tarzán en el amplio cine-teatro del plantel.

No estábamos mezclados y nos custodiaban hermanos cristianos y monjas porque la novedad era tanta que ellas nos miraban entre sonrisas y rubores mientras nosotros también las observábamos entre el bochorno y la curiosidad.

Las dirigentes de semejante hazaña habían decidido realizar, una vez por mes, funciones de cine intercolegial con colegios de mujeres para que fuéramos perdiendo la timidez, según el hermano Agustín. Quizás pensaban que de ese modo nos abrían las puertas a lo que se venía el siguiente año: graduarnos e ir a la universidad, allá donde renacería la vida, donde plantaríamos una semilla de adultez en un planeta inhóspito.

Papá seguía hablando de fútbol, de sus nuevos proyectos como periodista deportivo, del presidente Velasco Ibarra, su idolatrado líder. Yo brindé en silencio, solo para mí, y tomé el primer bocado de cerveza en mi vida.

Cuando le puse atención fue el momento que escuché pronunciar palabras como cine, chicas, esta mañana, colegio…

¿Cómo se había enterado lo que pasó ese día si yo no se lo conté? Entendí, entonces, que los círculos concéntricos de su conversación irían a dar a un punto que a él le interesaba mucho.

Me preguntó si había disfrutado la película y yo le respondí cuál película. La de Tarzán, precisó. Yo seguía con la curiosidad de saber a dónde quería llegar.

¿Qué tal la experiencia con las chicas de La Providencia? Yo lo miré, buscando sus ojos atribulados, observando su rictus de tristeza y angustia en el rostro.

Bien, todo bien. Mi respuesta fue breve porque percibía, cada vez con mayor fuerza, que quería decirme algo decisivo.

¿Te gustó alguna de las chicas?

Quedé estupefacto. ¿Era una pregunta de cajón o pretendía algo más?

Le dije que no, ninguna en especial, pero mientras decía eso sentí, con inusual fuerza, que estaba mintiendo, que de pronto era igual a papá, pero también reflexioné que no me unía nada a él y que no me importaba falsear la verdad, exactamente como él hizo toda su vida.

Afuera la lluvia caía más fuerte y un viento frío sopló con intensidad. El sonido alto de la canción que salía de la rockola me ayudaba a no responder rápido. No quería hacerlo aunque el rubor colmaba mis mejillas y él me miraba en espera de la respuesta que, según descubrí después, a él le urgía.

Pidió dos cervezas más y yo le dije que no, gracias, que tomara él otra sin problema, pero que yo no quería.

Cuando el mesero fue en busca de la botella y en medio de mi silencio, fue evidente que papá no pudo más. Del bolsillo de la solapa sacó una fotografía, la puso sobre la mesa y yo no supe qué hacer.

Te gustó esta chica, ¿verdad?

Miré hacia la puerta del Capri y la lluvia era tan poderosa que el mesero tuvo que bajar la puerta lanford para que no entrara el agua. Al fondo, en un tono semioscuro, las ramas de los viejos árboles patrimoniales del parque ya no se agitaban. Pero el frío se agudizó y me pareció escuchar el sonido de los acelerados latidos de mi corazón.

Un ebrio, tropezando con una silla, se acercó a la rockola, metió en la ranura una moneda y puso una canción de Los Panchos en dúo con José José: “La nave del olvido”.

Papá decidió soltar todo lo que llevaba dentro y una montaña de desilusión cayó sobre mí. La chica rubia, con la falda del uniforme ceñida a su cintura, con los muslos más hermosos y la sonrisa más luminosa que yo había visto hasta entonces, la líder de sus compañeras para coquetear con nosotros, era mi hermana.

Se llama Cecilia y tiene novio, me explicó. Entiendo que tú también…

Yo no tengo enamorada. Nunca he tenido.

Hijo, hoy almorzamos en la casa de su mamá y contaba con tanto entusiasmo de que fueron al cine de tu colegio y contó que un chico la miraba y le sonreía. Te describió casi exactamente como eres. Las mujeres son más temerarias, recursivas y suspicaces y cuando quieren algo lo consiguen.

Me dijo que averiguó y le dijeron tu nombre. Dijo que, gracias a una compañera que hizo de intermediaria, consiguió tu teléfono. Le pedí que me dejara ver. Era un pedazo de papel con el número de la casa de tu madre. Después de reponerme del shock que me causó esa cantidad de datos y emociones tuve que explicarle que tú eres su hermano. Y cuando me fui a la oficina se me partió el corazón verla llorar.

Por eso te llamé, para que lo supieras. Ya eres un hombre y comprendo todo lo que se agita dentro de un jovencito cuando aparece una chica que brilla sobre las demás.

Me puse de pie, sin decir nada. No quería hablar. Papá era un demonio que desde que se fue de casa no hacía otra cosa que quitarme todo lo que quería, dejándome a la intemperie, desnudo y sin colores en el alma.

No me despedí y ni siquiera volteé para verlo por última vez. Me acomodé el cuello de la chompa y salí. No quería que él me viera llorar e imaginaba que Cecilia debió haber hecho lo mismo cuando habló con ella en la tarde.

Camino a casa dejé que la lluvia humedeciera todos mis sentimientos, mi alegría, mis frustraciones, mi ilusión, mis deseos.

Nunca antes me había llamado la atención una chica como esa mañana me ocurrió con Cecilia. Nunca había tomado la mano ni besado a nadie. Cecilia logró romper mi rubor y llenarme de emociones, a pesar de que lo único que tenía de ella, lo único que poseía de ella, era un pedazo de papel con su número telefónico.

Vacío y solo, con el alma echa añicos, subí por la calle donde estaba mi casa y saqué el papel del bolsillo de mi chompa, lo estrujé y lo arrojé al filo de la vereda. El papel se fue con el agua, como un barco sin timonel, por entre las piedras de la calzada y se metió por las rejas de una alcantarilla. Fue la noche que más odié a papá.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director-fundador de loscronistas.net

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