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«Doy clases a domicilio: quiero almuerzo o merienda»

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*Por Christian Espinoza Parra

DOY:

CLASES A DOMICILIO

QUIERO:

ALMUERZO O MERIENDA

Dice el anuncio en su perfil de WhatsApp. Entonces uno cree que su historia será como la de aquel chico que rogaba a través de un fondito azul y unas letras negras en un post de un grupo de Facebook que, por favor, le dieran trabajo, no importa si lo vuelven casi casi un esclavo. Que será como la de aquellos tantos que ruegan también por un poco de comida con un sticker en forma de manos pidiendo. Pero no. Torpemente creemos que toda necesidad es una manera de autocompasión. Y aunque decidirse a estirar la mano es, de alguna manera, un acto de valentía, para Daniel Lara lo es de otra forma.

Daniel Lara trabaja desde los trece años dando clases a domicilio.

Daniel Lara dejó la Universidad hace cinco años.

Daniel Lara cuenta que toda su familia: su papá, su mamá, sus dos hermanos y él, incluido, se enfermaron del coronavirus, turnándose para comprar la comida para cada uno cuando los muertos de Guayaquil se amontonaban en los basureros.

Daniel Lara ya no estudia, pero da clases de inglés y matemáticas y química y física y computación y redacción y violín y piano.

Daniel Lara a sus veinte y pocos ya tiene doce años de experiencia.

No sé si es alto o bajo, eso sí, es flaco, afantasmado, la sonrisa siempre a punto de escapársele; toda la cara recortada en la semipenumbra, apoyado en lo que parece ser su cama, con el brazo derecho como almohada, mientras con el izquierdo, como si fuera un tic, se acomoda el pelo cada tanto. Lo que se puede distinguir a través de la pantalla.

Daniel Lara, hay que decirlo, es un desadaptado. Le jode, ante todo, como es la educación de mierda. Sin embargo, la historia comienza a sus 15, en una capilla del Colegio Técnico Particular Montepiedra, cuando su profesor de música lo empujó a la guitarra.

Por supuesto, por aquel entonces, Daniel Lara ya cantaba y bien. En seguida aprendió el violín y el piano, y cantó en el coro y vinieron las presentaciones. Durante dos o tres veces a la semana, los tres últimos años de colegio, su maestro le ayudó a afinar la voz al tiempo que tocaba un piano eléctrico.

Los padres de Daniel Lara, ella, una empleada doméstica a la que le pagan diez dólares al día por ocho horas de limpiar pisos y fregar ropa y tanto más, le heredó su intuición emocional; su padre, un maestro al que como a muchos de sus colegas, el Estado le adeuda tres meses de sueldo, le heredó el razonamiento numérico. Pero esta herencia bicéfala es el desgarramiento, el desequilibrio que hasta hace poco Daniel Lara dejaba crecer monstruosamente en su interior.

-Estudias Ingeniería Eléctrica en la ESPOL y estás en quinto semestre, ¿verdad?

-Me retiré en quinto semestre.

La videollamada se corta, se ralentiza. Daniel Lara se pasa una mano por el pelo, casi en cámara lenta sus movimientos y su voz.

– ¿Y por qué no seguiste música?

-Lo que pasa es que creí que tenía más facilidad con los números, pero luego me di cuenta que ese era el problema, ir desasimilando el sistema. Yo creí que todos debían ir a través de él, encontrarse a través de él. Pero no, solo te enseña discretamente un desequilibrio general, pues, como yo, estás dudando siempre de las decisiones que tomas, igual al generar tus propias opiniones. Te pierdes. Pero la vida tiene una perspectiva, una que no es solo de una manera, porque la vida es caótica, con estados intermedios. Y a la fuerza tienes que reconciliar las dos áreas. En mi caso fueron la intuición emocional y el razonamiento numérico. Cuando antes quería hacer algo hacía un plan estratégico, planificaba milimétricamente cada actividad con horarios, puras cosas rígidas.

-Y nunca te salía.

-Pues no, pero cuando encontré el equilibrio vi que la vida puede tener soluciones sistemáticas y artísticas en igual medida. Lo fluido y lo rígido.

-Un problema también es que creemos que el arte está por encima de todo…

-Cuando te preocupa el destino de todos. Cuando en realidad el cálculo integral y una nota en la mayor son lo mismo. Solo debes dejar entrar el error.

La experiencia de Daniel Lara dando clases a domicilio a cambio de comida, aunque hace poco era plata, es larguísima. Desde los 13 nivelaba a sus compañeros de clase, pero solo hasta hace poco le dio por aprender psicología básica, sobre todo, para tratar, por diversión, de descifrar a los otros, es decir, a sus alumnos.

Lo hizo por medio del esquema de personalidad de Myers-Briggs, en cuyo núcleo central se determina hacia qué lado del círculo cae tu personalidad a partir de las categorías introversión y extroversión; de ahí, en un círculo superpuesto viene la sensación y la intuición y, en otro, el sentimiento y pensamiento y, en otro, si eres un Wilde o un Bonaparte, un Henry Ford o un Gandhi, una Rand o un Zappa, y lo demás.

Para Daniel Lara puede ser más práctico todavía y, en el fondo, incomprensible. Tuvo dos alumnos mellizos, hombre y mujer, opuestos: el chico era listo pero haragán, la chica, en cambio, era fiestera. Daniel Lara le dijo al hermano, un poco soberbio, aunque bastante divertido, que había estudiado el esquema, que iba a adivinarle la personalidad. El chico se lo dijo claro, no le interesaba. Daniel Lara le dijo que ya sabía que iba a decir eso, alguien como él, justo como él, no podía sino negarse.

Ahora creo que Daniel Lara trataba de decirme que una afirmación o una negación pueden ser tanto la una como la otra, pueden no ser contraparte, pueden y deben no decir nada acerca de nosotros. Nada está dicho y, sin embargo, ya ocurrió, ocurre.

Lo que más detesta Daniel Lara es la educación, sus modelos caducos, sus cárceles que con cierto eufemismo y cobardía llamamos aulas. Para él, no hay una experiencia concreta que defina todo, por el contrario, el todo es una suma, un encadenamiento de experiencias y conocimientos, incapaces de expresar una unidad sin un inventario de insignificancias vitales.

Desde que tiene memoria para Daniel Lara las clases han sido repetitivas, desoladoras, barrotes. Encapsulan en la pura angustia y el castigo lo mejor de cada uno, como a ese alumno suyo pésimo para los números, bueno para la pelota. Tanto potencial desperdiciado en el manchón de una hoja.

-¿Sabes?, hay gente que a partir de la publicación en Instagram ha querido que regrese a la Universidad.

La señal falla de nuevo. Daniel Lara se ralentiza y sus palabras caen como un pedazo de estuco viejo sobre el piso de una casa vacía.

-Pero quiero volver a estudiar cuando haya una modalidad diferente, en un sistema distinto, de una manera muy práctica, con grupos estudiantiles, gente enseñando a gente.

– ¿No te importa el título?

-Sólo quiero saber.

En el retrato de lo mínimo, o mejor: en la ejecución humana de lo mínimo que tratamos de volver retrato en la escritura o en el cine o en la pintura o en algún otro arte, hay un relato heroico que casi siempre se nos escapa.

Le pregunto ahora si le interesa la política y me contesta que, en abril, cerca de su casa, había un ataúd tirado entre fundas de basura. Daniel Lara se define como indiferente. Prefiere acciones, no políticos. Prefiere grupos barriales, no partidos.

Prefiere contarme que apenas lleva dos semanas desde el anuncio de las clases a domicilio a cambio de comida o víveres, pero que cuando pasaron los seis primeros días no podía solo con la demanda.

Prefiere contarme que ya son 17 los profesores, captados rigurosamente por medio de entrevistas y videos de su trabajo y referencias laborales y de identidad, quienes, por ahora, se distribuyen a lo largo de Guayaquil, Durán y Samborondón.

Prefiere contarme que ya ha aparecido un alumno que pidió clases de estadística en Chimborazo, y un profesor que se enteró del anuncio en Pichincha. Prefiere decirme que alista un protocolo riguroso para todos los profesores. Prefiere decirme que el poder lo tiene el pueblo y que si trabajamos en comunidad la desgracia golpea menos.

Cuenta de Daniel Lara en Facebook e Instagram:

https://www.facebook.com/clasesdomec/

https://www.instagram.com/clasesadomicilioec/

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*Christian Espinoza Parra, cuencano, es editor del blog Eriales Perdidos y subcoordinador de Cine Club Catarsis. También es comunicador y escritor.

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