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Alekos Panagoulis, la leyenda de un incomprendido

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*Por Christian Espinoza Parra

Ha sido un reiterado e interminable intento a lo largo de la historia de la literatura narrar el periplo vital de un ser humano, encapsulando impunemente con palabras sus aciertos y sus faltas.

Desde el siglo pasado, el periodismo de no ficción resulta imprescindible para este tipo de escritura (sea como un recurso de verosimilitud, sea como un componente inevitable al arrancarle a la realidad real una de sus criaturas).

De cualquier manera, el personaje elegido suele ser un héroe o un cobarde, un virtuoso o un embaucador sin escrúpulos o, en el mejor de los casos, un poco de ambos cuando la escritura es transparente y el personaje se integra al autor para narrarse así mismo a través de otro.

El autor lo vuelve su hijo, y a los hijos se los ama sin importar la carga de su pasado o su situación actual. Por ejemplo, Héctor Abad Gómezlince en El olvido que seremos y Enric Marco en El impostor, representan dos antípodas: el uno, un acérrimo defensor de los derechos humanos, asesinado cobardemente por sicarios; el otro, un mentiroso que construyó su pasado mediante el hurto de otros pasados más gloriosos al suyo, el de judíos españoles víctimas del holocausto nazi en los campos de concentración.

Sin embargo, ambos se engrandecen por medio de la inconformidad, germen básico al escribir una novela o un libro periodístico.

Incluso aquella rabia que busca traducirse en un relato, un reportaje o un ensayo forma parte del temperamento de los inconformes.

La célebre y polémica periodista italiana, Oriana Fallaci, en su libro Un hombre, optó por el arquetipo del héroe incomprendido que convierte sus lágrimas en ironía y enfrenta el hecho de que está invariablemente solo frente al mundo.

La lucha diaria del hombre que por mantenerse íntegro rueda aferrado a una idea hasta la muerte para acabar encarnándose en ella; el héroe que esculpe su leyenda con sus actos y su sangre en el instante definitivo, resumen de todos los instantes, para mostrarse en su inabarcable magnitud ante todos nosotros, quienes únicamente lo comprendemos una vez muerto al escuchar su nombre, un nombre que entonces comprueba el patrimonio común de todos los hombres que le negamos ese privilegio.

Fallaci escribe: “Siempre se olvida que un héroe es un hombre, solo un hombre, y que resistir a una tiranía, padecer sevicias y languidecer durante años en una celda sin aire ni luz es a veces más fácil que debatirse en el equívoco y en las lisonjas de la normalidad”.

El héroe, como el artista, anhela desprenderse de esa normalidad para vivir a plenitud lo que dure su vida, es decir, siendo ellos mismos, sin hacer a un lado su natural deseo de llamar la atención: preparar revoluciones o ser leídos.

Por tanto, en este acto hay por lo menos un dejo de vanidad que acaso no sea uno de los pocos actos válidos de narcisismo, provocando que el héroe al ver su imagen reflejada en el agua no sucumba ante ella. Ha dejado de ser su imagen y ha pasado a ser de la humanidad no para justificarla ni redimirla, sino para ayudarla a verse en él.

Alekos Panagoulis, el personaje central de esta magnífica novela de no ficción, nació en Glyfada, una isla del mar Jónico, en Grecia.

Fue un Ulises apátrida y descreído de los dioses, desgarbado y vivaracho, vestido usualmente con una chaqueta de cuero que hacía conjunto con una pipa.

Fue poeta, matemático y rebelde a la Dictadura de los Coroneles, instalada en Grecia en 1967, la cual lo encarceló y le inoculó el vicio de la subversión, un vicio que lo llevaría hasta las últimas consecuencias para tumbar la piedra sobre la montaña del eterno poder detrás del poder que desde los albores de la humanidad ha intentado despeñar la voluntad de los hombres.

Alekos es el héroe de una tragedia griega, un símbolo de la política como ideal que llevada a la realidad lo desidealiza a él (no con el designio fatalista de los dioses de La Odisea, sino con las manidas cruces con que la sociedad capitalista banaliza a los hombres).

La política como práctica desgracia al revolucionario, porque los políticos no se hacen matar de rente como los poetas, se esconden para gobernar.

Ese fracaso o la intuición de ese fracaso le pide a Alekos un sacrificio capaz de sostener en su gesto final la fatalidad colectiva y objetivar la explotación de su pueblo en la historia. Así, ese pueblo, una vez añadido en ella, escribirá un capítulo en el cual por fin tendrá cabida la igualdad y la justicia.

Sin embargo, Fallaci escribe: “¡El pueblo son los pocos que luchan y desobedecen!”

Ampliar el espectro de ese pueblo requiere de Alekos una encarnizada lucha contra una abstracción feroz: la de las dictaduras intelectuales.

Alekos desacraliza los ismos de la derecha y la izquierda, las sabe invariables en su voracidad por el poder y la ilusoria gloria del dinero, las sabe fanáticas y los fanatismos, pese a que al culto desenfrenado por la humanidad misma conducen al fascismo.

El “único fanatismo admisible” debería ser la libertad, la libertad que “no tiene sinónimos, tan solo extensiones o adjetivos: la libertad individual, colectiva, personal, moral, física, natural, religiosa, política, cívica, comercial, jurídica, social, artística, de expresión, de opinión, de culto, de prensa, de huelga, de palabra, de fe, de conciencia”, cita Fallaci a Alekos.

Pero nuestra tentación está llena de excusas, halladas hasta en nuestras más nobles pasiones que devienen en destino. Así llamamos a esa creación infame que nos evita hacernos responsables de nuestra existencia: no queremos descubrir que la desgracia también es cuestión de elegir.

Tenemos miedo a la angustia, a la desesperación y al dolor. Yo elijo qué actos son buenos o malos, si la voz en mi cabeza es la de Dios o la del diablo, defendía Sartre y, líneas más adelante, en El existencialismo es un humanismo, agregaba: “El hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida que se realiza”.

El futuro existe mientras el presente se mueve en base a cada uno de los actos cuya suma nos compone.

Alekos Panagoulis es la suma de sus versos, de sus actos heroicos, de su amor sin límite por Oriana Fallaci a quien le pidió lo escribiera para no olvidarlo nunca, su encierro en la cárcel durante la Dictadura de los Coroneles, su trágica muerte y los secretos que jamás sabremos y la manera en que decidamos olvidarlo o recordarlo.

Alekos es un sinónimo de libertad, pues, aunque líneas atrás se dijo que la libertad apenas admite extensiones o adjetivos, no es menos cierto que su única representación está en quienes desobedecen día a día las convenciones que nos despojan de la aventura de vivir, en las gentes de a pie, dueñas de sus pasiones, y excepcionalmente en la leyenda de los incomprendidos.

Pero, ¿y si la búsqueda de libertad se convierte en cárcel? Será una proeza, entonces, seguir mirando el cielo azul en medio de las paredes grises, arañándolas, aunque la única respuesta sean nuestras uñas ensangrentadas.

El espejismo, la luz de esa búsqueda es la auténtica materia de la existencia.

Solo lo que no existe resplandece muchas veces más fuerte que lo tangible: no se llama Dios, son nuestros sueños, nuestros deseos vueltos carne de nuestra carne o, al menos, su intento.

El sueño de Alekos era la revolución individual, la de la verdad sin visos totalitarios; una fuente inagotable de transformación interna.

La personalidad de Alekos estaba hecha de un viejo y un joven. Este último solía decir sobre el primero: “Él soy yo. Él es la verdadera sabiduría. El aspecto de la sabiduría no es oscuro y tétrico, no es preocupado, sino reidor y lleno de alegría. El fin y la realización de la sabiduría radican en la jocosidad feliz”.

Hablaba del conocimiento como goce, no como aquel que la biblia nos enseña a huir si contradice el corazón de su Dios y acababa en un goce agónico.

Para la biblia, la única sabiduría es la noción de pecado, de ahí que la sabiduría resulte esa que creemos la solución de todos nuestros males y siempre llega tarde. La llamada sabiduría inútil.

Pero la verdadera es una pasión que abraza como el amor; es pleno goce pese a la más grande adversidad.

La sabiduría es una inconsciencia, o mejor: una inocencia, caso contrario nacen los soberbios.

En cuanto a la verosimilitud de Un hombre, la clave se encuentra en el narrador tricéfalo creado por Fallaci: la historia íntima contada en primera persona, vuelta tercera cuando se refiere a las acciones de Alekos en el mundo exterior, y segunda cuando se refiere específicamente a él, lo nombra íntimamente, y reflexiona sobre la relación sentimental que Fallaci (otra vez en primera persona) mantuvo con el rebelde hasta su deceso, impregnando esas oraciones largas en la forma de una carta de amor febril, tensada en el melodrama y la confesión propia, que le dan al libro un tono cálido y desesperado, como si escribir esa historia fuera la única posibilidad para exorcizar un amor imposible y atravesar los contornos del mito de Alekos.

Al mismo tiempo, la voz en segunda persona se configura en la conciencia de Alekos, empleando el pronombre “tú” como una orden categórica que, insisto, trabaja en un plano externo y en un plano subjetivo, incidiendo mutuamente en ambos casos.

Fallaci narra la biografía de Alekos en primera persona, se refiere a él en segunda y cuenta su proceso épico en tercera. Por ejemplo:

¡Tuviste tantos rostros y tantos nombres en aquellos años! En Vietnam te llamabas Huyn Thi An… te había estallado en casa la carga de dinamita con la que querías matar a un tirano llamado Van Thieu, y te cogieron […] También te llamabas Nguyen Van Sam, y eras un hombre descalzo, vestido de negro, con unos hombritos frágiles y un par de manitas flacas. Habías hecho una cosa tremenda: que estallaran dos Clymore en el restaurant My Canh, aquel junto al río, y aniquilaste decenas de criaturas para nada […] En Bolivia te llamabas Chato Peredo, y eras el último de los hermanos Peredo, el primero muerto con el Che Guevara y el segundo, en un enfrentamiento con la Policía […] Luego te llamabas Tito de Alencar Lima, un fraile dominico del que no conocía el rostro ni la edad […]  En suma, si el destino no existiera, si yo no me hubiera convertido en instrumento de tu destino, habría que preguntarse por qué aquel día de agosto te telegrafié y luego me precipité a Atenas con el ansia de quien obedece a una llamada largamente esperada, y por qué apenas llegada a tu ciudad tuve el presentimiento de que iba a sucederme, a sucedernos, algo irreparable.

Fallaci emplea, además, el recurso del humor para humanizar la narración y evitar la truculencia cuando los fantoches de la dictadura torturan a Alekos, o cuando las suyos le viran la espalda, lo traicionan, lo patean, lo condenan a la soledad más ominosa.

La risa sobrevive a la tragedia, se asoma y desdibuja con su presencia el gesto infame de la muerte que llega antes de tiempo y hace del futuro una nostalgia.

Ese humor permite que los verdugos también sean víctimas y viceversa, que la inhumanidad no derrote la proeza que significa ser libre en tiempos difíciles, que el libro no sea un intento fallido de crear una metáfora sobre el mal, sino sobre la resistencia y el heroísmo en la forma de una carta de amor que encuentra como respuesta la memoria y la vida.

“Pero la vida es bella. Es bella incluso cuando es fea. Y ella no lo sabe”, le dice Alekos a Fallaci la noche en que se sabe seguro del desenlace de su destino.

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*Christian Espinoza Parra, cuencano, es editor del blog Eriales Perdidos y subcoordinador de Cine Club Catarsis. También es comunicador y escritor.

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