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Coronavirus/ Quito, la soledad de los semáforos

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Por una condición médica no puedo salir de casa. Lo hago exclusivamente para comprar víveres o para sacar dinero del cajero (que está a una cuadra). No dejo de admitir que es duro, pesado. El aislamiento te pone a pensar mucho en la naturaleza humana. Esa necesidad perenne de buscar compañía. No por nada vivimos en grandes ciudades y buscamos la mayor parte del tiempo alguien con quien estar.

Quito salió del semáforo rojo allá por el mes de junio. En teoría la Covid-19 estaba más o menos bajo control. Podríamos ir retomando ciertas actividades, como ir a un restaurante e incluso, ya ahora en julio, hasta ir al cine.

Era el experimento de la distancia social. Adaptarse a la nueva normalidad, como se ha llamado a esta etapa de la pandemia. Usar mascarillas, mantener hasta dos metros de distancia, que el transporte público no vaya lleno hasta las ventanas, entre otras medidas.

Yo que no puedo salir pensé que Quito, cuya tasa de contagio se había mantenido más o menos bajo control, podría estar bien. Pero como muchos, me equivoqué. A estas alturas los hospitales capitalinos están colapsados. Se ha llegado a recoger cadáveres  en las aceras. Las Unidades de Cuidados Intensivos no se dan abasto.

A través de mi ventana escucho todos los días el pasar de ambulancias. Me pregunto si es otra víctima o potencial víctima de la pandemia. Cuando salgo lo hago con miedo, lo reconozco. No sé cuánta más cebolla y tomate debo comer para tener un sistema inmune que me cuide de la dichosa Covid-19. Mi familia, que vive en Guayaquil, me recomienda todos los días que me quede en casa, encerrado.

Es duro. Aunque soy una persona solitaria, a veces hasta yo necesito ver una cara conocida, escuchar una voz, hablar con otros. Mi gata Yoko terminó por ser mi Wilson, como en la película El náufrago, de Tom Hanks. Hablo con ella como hablaría con otro ser humano. Aunque ella misma parece sentirse igual que yo. Tal vez para ella, yo soy Wilson.

Conseguí que me permitieran realizar mi trabajo desde casa. Me tocó elegir entre dos males: o arriesgarme a la Covid-19 o seguir en la soledad de mi cuarto. Cada mañana despierto y trato de ocuparme. Lava platos, limpia el piso, cocina, aspira los pelos de Yoko. Pero, como nunca, me doy cuenta lo social que es el ser humano.

Esa necesidad que se tiene de interactuar. De ver, escuchar a otra persona.

Sin embargo, me gana el miedo. Si llego a enfermar mi caso podría resultar crítico. Así que aguanto frente a la pantalla de mi computadora, leyendo, o viendo alguna película en el celular. Así es la nueva normalidad. Un mundo más solitario que antes.

Quito y sus semáforos parece que van a cambiar. Que volveremos a tener que aislarnos, todos. La pandemia no perdona ni cede. Todos tratan de hacer alguna cosa para ganar algo de dinero y mantener sus casas. Todos tratan de mantener algún contacto con otro ser vivo. Por eso las fiestas clandestinas que denuncia el alcalde.

Pero nada es normal. Nada podrá ser normal mientras tengamos esa espada de Damocles sobre los hombros. No queda más que seguir, frente a la computadora, esperando.

________________________

*Carlos Narea, guayaquileño residente en Quito, es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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Comments (2)

  1. Maria Elena

    14 Jul 2020

    Así de duro puede ser estar con nosotros mismos, porque no estamos acostumbrados. Pero de este tipo de crisis solo puede salir de nosotros una versión más fortalecida, entregada y auténtica. Animo.

    • Los Cronistas

      15 Jul 2020

      Gracias, María Elena.

      RDB

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