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Las huellas que tengo de ti, querido viejo

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Por Víctor Vizuete E.

Cuando te sentabas en la vieja Singer del abuelo –que era la que te gustaba más- a darle forma a esas pantalonetas blancas de triple resorte que solo tú sabías hacerlas y que eran causa de admiración de mis compañeros de la escuela, el Día del Padre estaba más lejano de la estrella Alfa Centauro.

En ese entonces, el Día de la Madre apenas si era una sabatina en la cual unos inexpertos chavales pergeñaban descompasados bailes y comedias que, sin embargo, eran aplaudidos por unas mamás y unos papás que llenaban las gradas de cemento del patio principal y que creían, sin remilgos, que habían visto la más trascendental obra teatral de su vida. Eso se repetía los seis años que duraba la escuela.

Claro, en esa época los publicistas y popes del marketing recién se estaban incubando en los laboratorios de las grandes fábricas y corporaciones, aunque ya había algunos adelantados que empezaban a atrapar clientes sacando algunos trucos de su sombrero de ilusionistas e hipnotizaban a la gente que ya llenaba la calle Ipiales y adquiría objetos –necesarios o inútiles- para regalarlos a la Reina del Hogar.

Mi niñez fue un tiempo lleno de dichas y realizaciones en el que, a más de crecer seguro bajo el ala protectora de mamá Olguita, empecé a caminar seguro de tu mano de lazarillo infalible.

Te acuerdas viejo, todas las mañanas, a las seis en punto, nos agrupabas a los tres hijos de ese tiempo (la Roci, la Marti y el Coco) y marchábamos como la tropa detrás del capitán y llegábamos primeritos a la escuela, porque siempre tuviste más puntualidad que un relojero suizo.

Durante mi juventud seguiste siendo mi faro, Julito, y fuiste soltando mi cuerda poco a poco hasta que pude caminar solo y confiado. También fueron lindos esos años.

Cómo olvidar esos días de fútbol juntos, viejo, cómo. Como ese domingo que con el equipo de tu trabajo jugamos en Borja (un pueblecito amazónico cercano a Baeza) bajo un diluvio en modo Noé y en una cancha llena de un lodo pegajoso que nos llegaba a las rodillas. Pero yo, lleno de felicidad porque jugaba contigo. Tú de backcentro impasable y yo de 10, unidos a un grupo de deportistas y amigos.

Claro, como capitán y líder del Dinamarca, de la Cervecería Victoria, eras severo y mandón, pero justo. Y me puteabas a veces porque me engolosinaba con el balón.

Esos momentos pasaron rápido porque perdí un poco el rumbo y me casé pronto, muy pronto. Y tuve que cambiar el rol de hijo por el de un padre neófito y nada preparado para la tarea. Y empecé a solucionar mi propio crucigrama con muchos más errores que aciertos; jugando muchas veces a la ruleta rusa.

Pero a pesar de esos exabruptos evidentes y de los escasos triunfos tesoneros, nunca me dejaste naufragar; siempre fuiste ese faro que se encendía cuando más perdido me encontraba. Así, bajo ese ejemplo, creo que aprendí a ser un hombre y a lucharle a la vida cara a cara, como siempre tú lo hiciste.

Hace casi 11 años fuiste a predicar tu verdad en otros cielos. Y el mío y el de tu familia se llenó de sombras por un tiempo. Te extraño, lo sabes, don Julio, pero no te siento lejos. Tu espíritu, tu sacrificio y tu legado están adjuntos a mí como otras sombras.

Varias, muchas madrugadas, siento tu hálito junto a mi cara y tu voz cálida y protectora me cuenta de lo mucho que nos extrañas. Con tu risa franca y socarrona te ríes de mis locuras y tu mano fuerte y dura de viejo obrero me acaricia con dulzura el alborotado pelo. Igualito a como lo hacías cuando te despedías diariamente en la puerta de la escuela. Igualito.

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*Víctor Vizuete Espinosa es escritor y periodista. Fue editor en el diario El Comercio durante años. Hoy integra la mesa de redacción de esta revista, loscronistas.net

Fotografía: Archivo familiar

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