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Coronavirus/ Vicisitudes de la tercera edad en tiempos de pandemia

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SANGOLQUÍ.- Los acontecimientos venideros proyectan su sombra por adelantado, solía decir Goethe cuando sus flemáticos compatriotas le conminaban a que hablara del futuro.

Eso es, precisamente, lo que sucedió en el territorio ecuatoriano el 17 de este mes, cuando los voceros estatales asignados comunicaron sobre las restricciones que se debían implementar para tratar de salvar al país de la debacle por culpa del entrometido corona (bautizado luego como Covid 19), un virus que había sido descubierto en China en ¡enero de 2019! y al que los estadistas amarillos ocultaron lo que más pudieron, pensando talvez que lo iban a dar de baja pronto.

Lamentablemente, los científicos chinos, tan ordenaditos y aplicados como ellos solos, no pudieron frenar al microscópico enemigo y tuvieron que comunicar su desliz al mundo, advirtiéndolo tarde de la peligrosidad del bicho, que se propaga más rápido que los falsos rumores.

Este coronavirus no tardó mucho en llegar a tierras mitadmundistas, donde encontró plena fertilidad, pues el quemeimportismo, la abulia y la corrupción más campante han sido (y serán no se sabe por cuánto tiempo) siempre sus mejores abonos.

Al ver el comunicado solo atiné a decir chucha, hasta que se dio la huevada, como todo periodista gastasuelas que se precie. Y empecé a sentir un dolor agudo debajo del vientre, como si hubiera recibido un mortal directo al cráneo propinado por el Jaime Iván (el Kaviedes, pues).

El dolor no es para menos. Conociendo como conozco la idiosincrasia de la gente, esto se va a convertir en un  cementerio, me dije, aunque por fuera mostraba un optimismo exultante mientras arengaba a la tropa familiar con un: no es para preocuparse, nuestro país está más que preparado para resistir los embates de ese y todos los virus del mundo. Además, terminaba mi arenga, la ciencia ya puede destruir un virus de este tipo en un dos por tres.

Mis sospechas agoreras tuvieron rápida confirmación al día siguiente en el San Luis Shopping (vivo en Sangolquí, no crean). Muy por la mañana me dirigí al SuperPaco para adquirir unos materiales que le habían pedido (precavidamente) los maestros universitarios a mi hijo para eso del teletrabajo, que se puso también de moda ipso facto. Cosa rara, la compra la realicé casi en solitario.

Por simple curiosidad, y ya que estaba en el lugar, me asomé al Megamaxi para ver si podía comprar algo de gel bactericida y algún alcohol. Dios mío, casi muero de la impresión. El sitio parecía una zona de guerra, con más gente que las que reúne un festival gratuito del Más Querido y con una particularidad: el griterío era inmisericorde y a los compradores les faltaba poco para halarse de los pelos. Y cada uno llevaba un coche que parecía una plataforma, totalmente repleta.

Mis hermanas, que también residen en esta tierra del hornado, me contaron que el Mercado Turismo lució igual. Y la plaza Chiriboga, otro sitio de expendio al aire libre, ni se diga: no había dónde poner un pie.

Por la noche, en las noticias, me enteré que estos agenciosos «patriotas» habían acabado con las provisiones de alcohol, geles y papeles higiénicos. Y no me atrevía más que a susurrar: ojalá se atraganten y les dé diarrea para que utilicen el papel higiénico que compraron.

El Alcalde optó por cerrar el mercado Turismo, la Plaza chiriboga y la feria de jueves y domingos, con muy buenos resultados.

Y así, íbanse mis días en la modorra de una rutina que no me cogía de nuevo, pues desde que me jubilé (hace dos años) sigo una parecida.

Así pasé hasta el 20, cuando el Gobierno declaró el estado de excepción y conminó a los ecuatorianos a quedarse en casita, como única opción para frenar el embate del ya por ese entonces mortífero coronavirus, que se estaba llevando vidas al otro barrio que daba miedo. Y en todo el mundo.

Esas recomendaciones entraron por el un oído y salieron por el otro para una gran cantidad de población, especialmente para los jóvenes, quienes se creen inmortales y fuera de todo peligro, sin pensar siquiera que a quienes ponen más en riesgo es a sus abuelos, padres y otros familiares.

Y a ellos mismos, porque la curva mortal de la pandemia ha mostrado que no tiene preferencias y es totalmente democrática: ataca por igual a jóvenes, viejos, pobres, ricos, miserables, héteros o gays.

Tanto es el desacato de ciertos grupos de la sociedad, especialmente en Guayaquil, que el Gobierno tuvo que echar mano del manido toque de queda para frenar la serie de desbarajustes.

Al menos en Quito, este elemento disuasorio funciona, como pude comprobarlo ayer, cuando tuve que ir hasta Solca a retirar a un familiar y traerlo hasta mi casita.

Los nuevos avances descriptivos de la pandemia no hacían más que parecer pájaros de mal agüero que se cernían sobre mí.

A la vejez (causa de riesgo) se adicionaron otros factores nocivos como la hipertensión y la diabetes que tengo desde hace 20 años. Y hasta el tipo de sangre (A+) que, según los científicos, es el grupo sanguíneo más proclive para ser infectado.

Pero aunque eso me da temor no me ha quitado el optimismo intrínseco que llevo dentro desde que me acuerdo. Lo que me toca es extremar los cuidados y presionar a mi familia a que lo haga de forma similar. No toca más.

Estos han sido días de descubrimientos. Aprendí que puedo cocinar con decencia y volví a tomar acuarelas y pinceles para dibujar de nuevo, como lo hacía cuando era joven y pensaba que la arquitectura sería mi profesión.

Un refrán popular afirma que “nadie se muere hasta que Dios quiere”. Ese debe ser mi caso. Y lucho por ello.

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*Víctor Vizuete Espinosa es periodista y escritor. DFue editor de sección en El Comercio. Pertenece a la mesa de redacción de loscronistas.org

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