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*Por Byron Rodríguez Vásconez

Hasta hace pocos días no había contemplado con atención un breve y leve prodigio: el aleteo persistente y armonioso de cinco colibríes tornasolados junto a la ventana, en mi casa del Valle de Tumbaco.

Con sigilo me acerqué al vidrio y vi que estos pequeños pájaros verdeazulados batían tanto sus mínimas alas para sostenerse en el aire. Con sus finos picos chupaban el néctar de unas flores rojas, similares a conos de terciopelo. Me ganó el asombro, el cual se acentuó cuando apareció, entre las ramas, el más ínfimo de los colibríes, llamado «mosca», batiendo sus alas chiquitas y firmes.

Las aves fugaces se perdieron entre los árboles de arrayán, durazno y los rosales del jardín, el cual queda en el sector frontal de la casa.

Mirar a los colibríes tan cercanos fue un bálsamo que me sacó, por un momento feliz, de este encierro, de este mal sueño causado por el invisible y letal virus que tiene al mundo contra las cuerdas.

Los pájaros de la dicha fueron un aviso, un llamado, una alada causalidad para abrir otras puertas, otros verdes ámbitos.

Siempre amé a la naturaleza y tuve la fortuna de estar en contacto con su magia vegetal y exuberante desde mi lejana infancia en mi pueblo andino, Puxilí (posada de los juguetes de barro), arrimado en un rescoldo de los Andes occidentales, en la provincia central de Cotopaxi.

Mis abuelos, padres, hermanos, tíos y primos siempre estuvieron ligados al campo, a las haciendas y fincas, misteriosas y fantasmales, cercanas al Quilotoa, el lago volcánico y seductor.

En mi niñez y adolescencia respiré aire puro y las montañas verdeazuladas, como el plumaje del colibrí, de Tigua y Zumbahua, me extasiaban. Mucho más cuando el sol caía en los lomos de los montes. Entonces estos se volvían camaleónicos por los matices y los tonos que adquirían.

Las nubes y sus formas enigmáticas rozaban las cimas de los montes. El ulular del viento era como el sonido de una estruendosa bocina indígena que convocaba al reencuentro único y maravilloso con la Tierra. Con el origen. Mucho más cuando en la hacienda llamada ‘Moreta’, de mis abuelos, Aurelio y Clarita Rodríguez Lara, localizada cerca del amplio cañón telúrico del río Toachi, cerca del Quilotoa, metíamos las manos, con mis tíos, hermanos y primos, en la húmeda tierra negra, para sacar papas frescas y deliciosas.

Eso era en junio. Tiempo del solsticio y de las cosechas en luna llena.

Pasaron los años. El tiempo, con su vértigo de huracán, cada año volvía al campo limpio y hermoso. A veces no iba a la cita con el viento, las montañas, los ríos y la laguna volcánica. El trabajo citadino absorbente no daba tregua.

De pronto, este autoexilio forzado, pero más necesario que nunca, me lleva de golpe otra vez al reencuentro necesario con los árboles y los pájaros.

Es una vuelta sin retorno a convivir con estos seres alados, además de los colibríes, con los canarios que vienen a beber, cada mañana, el agua de la lluvia depositada en antiguas piedras de moler ají, las cuales se ven en fila junto a una hilera de bambú del jardín posterior; con los huiracchuros de plumaje amarillo y negro que cantan al amanecer, con los cardenales de pecho rojo.

Son «Los bosques que regresan», me digo, para citar el título de una bella Antología (1924/1988) del poeta español Rafael Alberti, quien cantó tanto al mar y a los marinos errantes en su prolífica y luminosa poesía: Sueño con ser almirante de navío/para partir el lomo de los mares/al sol ardiente y a la luna fría…

En la mitad de los jardines, la casa de color blanco, de amplios ventanales, refulge en medio del verdor. Camino entre los árboles de aguacate y veo más sorpresas. Palpo los granos de un árbol de café que crece junto a una pared de bloque. Me adentro por un sendero, abierto en el césped, y admiro dos racimos de plátano que maduran, silentes, en la sombra.

Me conmueve la fragancia de los limoneros en flor. Miro con entusiasmo un conjunto de cañas de azúcar, silgadas y maduras, que se yerguen hacia el cielo azul. Es increíble, reflexiono, la variedad de árboles y frutas que brotan en Tumbaco, valle situado a solo 600 metros de Quito. En la tierra pródiga, un árbol de papaya carga sus frutos dorados, pequeños como rosas.

La noche trae a las luciérnagas, flores que destellan. Revolotean por los árboles y a ras del césped. Encanta mirarlas. Luminosas saetas que cortan el cielo nocturno. Logro atrapar una. La protejo con mis manos que se encienden.

Avanza la noche y solo se escucha el canto de los sapos. Es un presagio de lluvia. Pronto cumplo el ritual que hacía el escritor José Saramago, Premio Nobel de Literatura (1999): cada año, cuando retornaba a su pueblo blanco en Portugal, a su raíz, abrazaba con fuerza a los árboles del huerto familiar, sus hermanos nobles, decía, para sentir y llenarse de su energía que viene de la infinita tierra.

La luna plateada resplandece todavía. Igual las inconmensurables estrellas. Continúo caminando por este jardín de senderos que se bifurcan (para evocar el inolvidable cuento de Borges). La brisa de la noche trae el olor del romero, de la hierba luisa y el cilantro.

Tengo la certeza que mi retorno a los árboles, las flores, las frutas y los pájaros es inexorable. Fascinante. Vital. Esencial. Una vuelta a mis orígenes. Hacia la naturaleza, nuestra aliada más fiel y perdurable. La lluvia se desata. Las luciérnagas se esconden en la profusa arboleda. Vuelo a mi refugio cálido mientras la lluvia me llena.

_____________________

*Byron Rodríguez Vásconez, pujilense, es escritor y periodista. Ha publicado dos novelas y un libro de cuentos. Forma parte de la mesa directiva de loscronistas.org

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