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Crónica de un garmin imaginario

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Por Eduardo León

Era una mañana de sábado nublada en el campus de la Escuela Superior Politécnica del Litoral, ubicada a un costado de la vía Perimetral.

Un joven entusiasta había soñado, desde hace un par de años, ser Ironman.

Para ganar fuerza, un grupo de amigos le habían recomendado trotar y hacer el circuito de la Espol, por sus lomas serenas e imponentes paisajes.

Era su primera vez, pero su meta era más grande que sus miedos.

Andrés había llevado todos los juguetes para  su jornada deportiva, estaba casi seguro que al postear su foto al final del entrenamiento en Instagram recibiría algún comentario como el de “puro equipo”.

Sus calcetines de compresión verde fosforescente, acompañadas con un par de zapatos nuevos recién llegados de Estados Unidos, comprados por internet, junto con sus gafas aerodinámicas, la camiseta dry fitt, una gorra con el sello de una desconocida marca local y su pantaloneta de correr conformaban sus implementos para la sesión que estaba a punto de iniciar.

Mientras daba sus primeros pasos por el camino principal que bordea el campus recordó que no tenía reloj para ver su tiempo y el kilometraje recorrido, error garrafal para algunos, mero trámite para otros.

Andrés recordó que en conversaciones recientes alguien le había dicho que cada vuelta sumaba cinco kilómetros.

El joven entusiasta, un poco desorganizado, pero entusiasta al fin, aumentaba el ritmo en cada zancada, no le importaba la humedad, su rostro se iba desfigurando conforme avanzaba pues no tenía monedas y no pudo comprar su botella de agua para el entrenamiento.

Inicialmente, había planificado 10 kilómetros, pues así estaba escrito en el plan que había decidido en ese momento, pues hacia caso omiso a la lógica, pero se guiaba en los entrenamientos que sus amigos más experimentados
realizaban los días anteriores.

Exhausto, no concluyó el recorrido en la garita principal, se detuvo en la loma más difícil, donde se encuentra la cabina telefónica.

Pero debía mencionar en su post mayor información, como su tiempo y distancia, los likes de sus seguidores, sus fans dependían de ese vital insumo. Entonces respiró profundamente, miró al cielo, miró las montañas y
finalmente vio su brazo en el que llevaba un reloj imaginario, de esos que tienen incorporados el GPS (localizador), para determinar al ojo que había corrido ocho kilómetros en un tiempo de 48 minutos, a un pace promedio de seis.

Llego el domingo y, de igual manera, por sugerencias de sus compañeros había elegido hacer ciclismo, 100 kilómetros en la vía a la Costa, donde había pactado la salida con un grupo, pero por temas logísticos su entrenamiento inició a la una de la tarde.

Su caballito de acero, de marca española, estaba flamante, hecha de carbono, acompañado con su casco aerodinámico blanco, su outfit de triatlón (por si acaso decida modificar lo planificado a última hora), sus zapatos de clips, los guantes que le prestó un compañero hace un mes, entre otros pequeños detalles más, lo acompañarían en el periplo.

En su recorrido utilizó la vía principal, pues la ciclovía estaba intransitable y muchas veces se vuelve más peligrosa que la propia carretera.

El entusiasta atleta sentía el viento como golpeaba cada vez más fuerte.

En su asombro por la dificultad del entrenamiento, un sentimiento de proeza se apoderaba de él, imaginando que pedaleaba junto a la Locomotora del Carchi, el gran Richard Carapaz.

Palpando su inspiración, siguió su caminoy pasó Chicas Hermosas, El Consuelo, Cerecita y la Mona, llegando hasta Progreso, donde realiza su primera parada técnica por un coco helado necesario para la foto del post en sus cuentas de Facebook e Instagram.

Su rostro, con una sonrisa amplia, captó la imagen que luego subiría desde su celular con las frases #YoPorquePuedo, #NosVemosEnJulio, #IronmanEnFormación, #DeEcuadorParaElMundo…

Miró al cielo, miró las tortas de papa, las humitas y los chifles que vendían al pie de la carretera y luego se fijó en su brazo el reloj imaginario que le mostraba que llevaba recorridos 50 kilómetros, a una velocidad promedio de 32 kilómetros por hora.

Tocaba el retorno, pero la adrenalina pudo más, así que decidió avanzar hasta Playas y tomar la vía Data/Posorja hasta completar los 100 kiómetros.

Pedaleó hasta pasar San Antonio, siguió  y el viento se volvía más fuerte, intratable, hasta que comenzó a divisar letreros que le hablaban y decían “Bienvenido a Playas”, “Bienvenido al segundo mejor clima del mundo”, lo que le dio fuerza para continuar.

Ya en el pueblo, sediento y débil porque no había llevado gel, ni líquidos mágicos ni pastillas de sal, comenzaba a ver borroso, el cansancio era mayor, por lo que decidió pedalear hasta donde el cuerpo aguante, tres kilómetros antes  donde el Google Maps le había señalado.

No había fuerza para hacer la transición, quería nadar, pero se sentía desorientado, miró al cielo, miró a su alrededor, el ritual ceremonioso de siempre para luego mirar en el brazo en el que llevaba su reloj imaginario.

La distancia recorrida era de 96.85 kilómetros, a una velocidad promedio de 33 kilómetros por hora.  Pero como buen comerciante, no le gusta los centavos sino redondear al múltiplo de 5 más cercano, por lo que decidió postear su entrenamiento en 100 kilómetros a un promedio de 35 kilómetros por hora.

Luego, como su carro quedó parqueado en Blue Coast, regresaría a dedo, pues no quería tomar buseta por la preocupación de que se le dañara la bicicleta.

Logro que una plataforma lo llevara hasta más adelante, gracias al milagro de que el chofer de ese vehículo en sus años de juventud había realizado ciclismo, por lo que el viaje se tornó ameno, con un intercambio de anécdotas deportivas y a veces hasta exagerando un poco sin que esto importe, porque al fin y al cabo ese momento ambos eran felices.

Continuaron los entrenamientos con el pasar de los días, meses y años, en el chat del grupo de amigos triatletas, él tomaba como suyos los planes realizados por sus compañeros el día anterior.

Se iba poniendo fuerte, competitivo, los seguidores en sus redes iban en aumento, la gente lo reconocía en las
competencias, pero en su brazo seguía el reloj imaginario, no abandonaba su ritual de mirar al cielo, mirar cualquier cosa, para luego mirar el Garmin que siempre quiso y que por cosas de la vida nunca lo pudo tener.

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