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Por Carlos Narea*

En la historia de Joker relatada en los cómics hay una premisa: “basta un mal día para volverte loco”.

En la película Joker (2019) esta premisa se maximiza y extiende.

Porque en la historia de Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), su protagonista, es duro definir cuál es ese mal día. Hay eventos y puntos altos que podríamos describir de manera perfecta para su caída en la locura.

El film, dirigido y escrito por Todd Phillips, narra las desventuras de Arthur Fleck.

Aspirante a comediante de stand ups. Enfermo mental. Payaso de eventos. Hijo dedicado al cuidado de su madre. Paria de Ciudad de Gótica. El perdedor dejado de lado por una urbe hostil que está en decadencia.

Para poder entender esta película hay que verla en varios niveles.

Sí, es una adaptación no de uno sino de varios cómics del personaje Joker. El rival acérrimo de Batman comenzó su carrera en la edad de oro de las historietas como un bufón que robaba bancos.

Empleaba artilugios propios de los bufones y hasta ahí. Nada que ver con el psicópata que conocemos hoy en día.

Incluso sus propios creadores, Jerry Robinson y Bill Finger, pensaron en matarlo en el mismo número en que fue lanzado, Batman N.1 de 1940.

Pero el editor de DC Cómics de entonces vio potencial en el personaje y no dejó que lo mataran. Muchas historias corrieron desde entonces.

El principal cómic del que toma elementos la película de Phillips sería La broma asesina.

Un recorrido a los inicios del Payaso Príncipe del Crimen como un cómico frustrado, que no tiene dinero para mantener a su esposa embarazada. Se une a unos bandoleros para robar la antigua fábrica de químicos donde trabajó.

Pero, en un mal día, su esposa muere en un accidente casero, el robo sale mal y por la intervención de Batman cae en un tanque de desechos tóxicos que le dejan el cabello verde, la piel blanca y una sonrisa siniestra.

En el caso de Fleck, se mantiene el cómico frustrado, pero se evita los elementos más caricaturescos de Joker para darle un toque más real.

Es así que Fleck, enfermo mental, toma hasta siete medicamentos para contenerse. Sufre además de un síndrome que le provoca una risa incontrolable.

Cuida a su madre, Penny Fleck, una mujer obsesionada con las cartas que envía a Thomas Wayne, de quien la cinta nos dice que fue el ex patrón de Penny.

Su vida, la de Arthur, se reproduce golpe a golpe. Lo golpean unos muchachos al robarle, lo burlan sus compañeros de trabajo, la gente lo mira como a un fenómeno.

Es una seguidilla de puntos altos que provoca al espectador no alejar su mirada de la pantalla. Incluso se genera una empatía con el hombre.

Hasta que un compañero de trabajo le obsequia un arma… El mismo Arthur reconoce que él “no debería tener un arma”.

Fleck lleva a una función de hospital el arma y mientras pone en práctica su número el arma se le cae, en frente a varios niños. Su jefe lo despide. Aturdido rompe con su cabeza el vidrio de una cabina telefónica.

Hasta este momento en la cinta son momentos, brochazos que hemos observado de lo que será el Joker.

Deprimido, pero con su sonrisa aun pintada en la boca, Fleck se embarca en un tren. Tres sujetos, enternados y ebrios, molestan a una joven. Arthur cae en uno de sus ataques de risa. Pero en su expresión se ve el pánico cuando los tres hombres se acercan amenazadores. Lo golpean. Desde el suelo, Fleck se defiende con su arma y mata a dos de ellos. Al tercero le da caza fuera del vagón del subterráneo y también lo asesina.

Asustado de su acción, reacciona. Sale huyendo y se mete en un baño. Baila una especie de danza que da la impresión de cortar los hilos que lo sostenían. Ese es otro de sus malos días y empieza su liberación.

Gótica, una ciudad de pobreza, de miseria, se entera del asesinato. Se sabe que el culpable es un hombre con máscara. Thomas Wayne aparece en televisión insultando a los desposeídos y llamándolos payasos.

Y Gótica empieza a arder. La chispa la encendió Arthur, casi sin querer.

La ciudad es parte importante del fondo de la cinta. Es una urbe llena de basura, oscura, sombría. Llena de pobreza. Donde quienes más tienen viven llenos de lujos y la mayoría en cambio está hambrienta. Esa ciudad se plasma de manera maravillosa con el trabajo de fotografía y dirección de cámaras.

A cualquiera le costaría creer que hay gente viviendo literalmente en “un basurero”. Aparte de Arthur, se podría decir que la coprotagonista de esta cinta es Ciudad Gótica.

Tras el asesinato, Fleck continúa en su caída libre. Confiesa a su siquiatra que “solo tiene pensamientos malos”.

La ciudad le quita sus fondos para medicinas, para recibir ayuda médica. Ahora es un enfermo mental sin medicinas, en una ciudad caótica, sin empleo y con una madre enferma.

Otro golpe. Descubre en una carta de su madre que tal vez sea hijo de Thomas Wayne. Lo confronta y recibe dos golpes seguidos. Le dicen que es adoptado y Wayne le da un puñetazo. Otro mal día.

La ciudad se empieza a levantar contra los poderosos. Queman negocios, patrullas policiales, atacan edificios públicos, hay protestas contra los ricos. Ellos están lejos de ese mundo.

Observan Tiempos modernos, de Charles Chaplin. Es poner las caras del espejo frente con frente. La opulencia ríe con una cinta sobre pobres trabajadores. Afuera, esos mismos pobres son ignorados.

Esa rebelión payasezca, si existe la palabra, no está alejada de nuestra vida real. Tal vez como otro juego de espejos, las marchas en Ecuador, Chile, Barcelona, Colombia, etc, se han compuesto de personas que se hartaron de ser ciudadanos de segunda clase y pelean por una reivindicación social.

Tal vez ni el director ni Phoenix habrían sospechado qué tan cerca estaba su Joker de la vida real.

Pero Fleck, quien es quien nos interesa ahora, entra en una crisálida física y mental.

Tras descubrir que su madre también era una enferma mental que permitió que abusaran de él cuando niño, que es adoptado, que su supuesta relación con la vecina fue todo producto de su mente, se mete en un refrigerador. Mata a su supuesta madre. Finalmente, surge el payaso.

“Yo solía pensar que mi vida era una tragedia, ahora me doy cuenta que es una comedia”.

Su enfermedad mental lo consumió. Los golpes, la secuencia de malos días toman su cuota.

Joker es una cinta dura. No hay final feliz. No hay héroes encapotados que salven a la ciudad decadente. Solo hay un payaso que con su locura logra despertar la ira de una ciudad, de gente que ya no aguanta más explotación y más abismos económicos entre unos y otros ciudadanos.

Todo fue cuestión de un mal día.

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*Carlos Narea, guayaquileño, es periodista y cinéfilo. Es parte del equipo de loscronistas.org 

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