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Sangolquí: Normalidad con futuro sombrío

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Por Víctor Vizuete E.*

 Sangolquí es un pueblo grande encerrado por tres calles largas y sinuosas con pretensiones de avenidas y una autopista: General Rumiñahui, Luis Cordero, Abdón Calderón y la E35, carretera que une el norte y el noreste del país con el resto del territorio.

A pesar de su modestia geográfica es un pueblo dinámico y productivo, donde los negocios de todas las raleas, especialmente de comidas, se distribuyen de forma uniforme como si fueran hileras de jaulas de un zoológico.

Y donde el chancho hornado, o simplemente el hornado, es el rey… o el tirano… o todo mismo. Y donde lo que sucede en un extremo se sabe, convenientemente corregido y aumentado, en el otro, en menos tiempo de lo que se santigua un cura loco.

La dinamia de esta ciudad chiquita que cobija a 80.000 personas (según cifras del INEC) es tal que está superabastecida por los consorcios y monopolios que manejan medicinas y alimentos.

Megamaxi, Mi Comisariato, Tía, Santa María, Fybeca, Sana Sana, Pharmacy y otras cadenas tienen activa presencia y son visitadas masivamente. Sin calendarios ni fechas específicas.

La feria, que se desarrolla los jueves y domingos en el centro histórico es, asimismo, otro signo característico de la tierra del prócer independentista Juan de Salinas.

Bueno, también ha sido y es una papa demasiado caliente para los alcaldes, todos sin excepción, pues hay muchos detractores entre ambientalistas, defensores del patrimonio edificado, gente de la élite y otros colectivos, quienes la ven como un regreso a las «bárbaras costumbres» de las urbes atrasadas.

No obstante, la feria ha superado la escala de la cabecera cantonal para ampliarse hasta Quito e, incluso, hasta el otro valle: Tumbaco y Cumbayá.

Eso es lo que confirman Cristóbal Pallo y Gerardina Uresti, un matrimonio que reside en el centro de Tumbaco, pero que viaja cada semana, religiosamente, hasta la capital del hornado.

Llegan para aprovisionarse de legumbres, hortalizas, frutas y carnes en esta gran feria-mercado que abarca diez cuadras, desde la Plaza Chiriboga hasta el parque Turismo, teniendo como parte el Mercado central.

Son muchas familias las que vienen desde el otro valle a comprar acá, afirma Uresti. “Las cosas son más frescas, más baratas y, sobre todo, la atención es más amable, más pacienciosa”.

Pero no solo vegetales se venden en las 10 manzanas, explica Manuel Guacho, dirigente de la Asociación La Unión, que reúne a 150 socios, quienes pagan por el puesto al Municipio de Rumiñahui por cada día que venden.

“Aquí vendemos zapatos, ropa, bisutería, cosas en cabuya, CDs, gafas, estuches para celulares… En fin, todo lo que la gente de hoy necesita, explica el menudo hombre mientras ofrece a un cliente un par de zapatos que cuesta USD 25.

En una ciudad de tan exigente paladar y gran estómago, la incierta y caótica situación que vive en estos momentos el país pone en alerta todos los GPS.

Y los residentes se han volcado, literalmente, a dejar en cero las estanterías de los supermercados.

El martes pasado, por ejemplo, la fila de quienes querían ver la nueva película Joker en los Supercines eran un pálido remedo de las que se extendían frente a cada una de las cajas del Megamaxi en el San Luis Shopping, obviamente, la gigantesca y aniñado tianguez que tienen los sangolquileños y sus vecinos de San Rafael, Conocoto, El Tingo, Playa Chica, Alangasí…

En medio del desbarajuste propio de las grandes concentraciones, la gente pugnaba por llevar lo que pensaba le podía servir para «sobrevivir con dignidad a lo que pudiere venir», como afirmaba una señora con expresiones no muy amables y que guiaba su cochecito como si fuera un colectivero de viejo cuño.

Las papas –cholas, supercholas, chauchas- se acabaron en un santiamén, mientras las leches -de todas las marcas y categorías- desaparecían más rápido que las que fueron saqueadas en la empresa Parmalat en Piedra Colorada, Cotopaxi.

¿Los precios? Normales, no veo aumentos importantes, aseveraba Milton Pazmiño, un médico que labora en un centro de salud quiteño y que asentía con movimientos de cabeza cuando su esposa depositaba algún artículo en el coche, que se llenaba como arte de magia.

Los precios. Un rollo de 12 papeles higiénicos Familia estaba a USD 7,80. Un paquete de dos litros de leche deslactosada a USD 2,51. Un paquete de tres latas pequeñas de atún en aceite de oliva, USD 2,50. Una funda mediana de Procan adulto para razas medianas de pollo, arroz y vegetales, USD 7,08.

Porque «todo puede faltar en la casa menos la comidita para mis chiquitos», afirmaba María Gualichico mientras buscaba en la estantería del frente unas fundas de seis huesos de fantasía por USD 1,10 para completar la dieta de sus mascotas.  

“Y como todavía están con los precios anteriores hay que aprovechar”, decía mientras fijaba su mirada en la estantería.

Solo un rayo de esperanza se proyectaba en medio de panorama tan oscuro: muchos niños, en vacaciones forzadas por la situación y acompañantes forzados de sus padres, se distraían leyendo, sentados cómodamente en el suelo contiguo a las dos estanterías de libros y revistas del súper.

La situación en el centro de Sangolquí, el mismo martes pero por la tarde, era antípoda de los centros comerciales. El mercado central estaba bajo siete llaves y no se veía ni al más modesto vendedor merodeando por el perímetro.

«Hay que prevenir los saqueos», alcanzaba a decir un guardia civil vestido con un uniforme de un azul indefinido por lo viejo, mientras caminaba con pereza soplando un silbato, también ya anciano.

Las verdulerías y abacerías del entorno, en cambio, estaban llenas e inundadas de ávidos clientes de todo tipo y condición social.

«Llevarán, llevarán lo que más puedan», decía una señora de follones, trenzas tan largas como avenidas asfaltadas y amplias caderas mientras llenaba una pequeña canasta con unas granadillas de buen rostro.

«Verán que mañana estarán las cosas a otro precio», recalcaba, con la autoridad que da ser el dueño de un negocio.

Las personas no se hacían de rogar y armaban su rompecabezas culinario de la mejor forma posible en medio de tanto desbarajuste.

Buenos están los precios todavía, decía un señor alto, robusto y con rostro de viejo cawboy (que pidió el anonimato), mientras acomodaba lo que mercaba en el cajón de una camionetota Toyota 4 x 4.

Rocío Quilumba, en cambio, se esforzaba en escoger unas frutillas de un cajón casi escondido en un rincón y se mostraba conforme con los precios. USD 1 por una libra de rojas fresas.

Las frutas y verduras desaparecían más rápido que ciertos prófugos. Una manito de plátanos salía por medio dólar; una libra de papa chola por USD 0,35; tres aguacates por un dolarito nomás vecino… También se podía comprar USD 0,25 de perejil o culantro o apio.

No obstante la aparente normalidad en el expendio de legumbres, vegetales y frutas, la señora de las trenzotas y el amplio anaco no dejaba de recordar a la feligresía que no se olvide que eran los últimos productos con ese precio.

Como decía Goethe: el futuro proyecta su sombra por anticipado. Y esta sombra está demasiado cerca de los bolsillos de los ecuatorianos para no saber lo que va a pasar.

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*Víctor Vizuete E. es periodista y escritor. Ha sido editor en diario El Comercio y hoy es parte del staff de loscronistas.net

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