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La venganza

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Ana quizás lloraba. O quizás no. La pena y la tristeza eran sentimientos ajenos y olvidados en ella como se guardan los objetos inútiles en el último cajón de una vieja cómoda.

Era ella la persona a la cual más se le ponía atención en el velorio. Ella, que durante mucho tiempo recibió golpe tras golpe, latigazos diarios que a medida que pasaban los días y los años seguían doliendo, cada vez con más rabia contenida, más bochorno oculto en sus mejillas, más resentimiento, más deseo de venganza pero, al mismo tiempo, mayor impotencia.

Pensó que talvez debía llorar esos momentos para que la miraran todos los hipócritas y mojigatos que no habían acudido al ritual por ella sino porque había que estar, debían estar, era importante estar, tenían que dejarse mirar.

En ese tipo de grupos sociales, faltar a un velatorio de un familiar o un amigo o un jefe o un socio o un pariente se convierte, de inmediato, en un estigma, en un motivo para comentar el hecho de manera agria, implacable, mordaz. A la gente solapada le gusta sentir el morbo de especular acerca de las razones por las cuales determinada persona no fue.

La viuda –era evidente- empezó a molestarse y a inquietarse, pero lo disimulaba. Ya era demasiado notorio que todas las miradas se dirigían a ella. Los visitantes la veían sin rubor y mientras la soledad empezaba a convertirse en una roca deforme y sucia que cada vez pesaba más en el alma de Ana, ellos enjuiciaban, sentenciaban, condenaban.

-¿Lo habrá querido de verdad?

-¿Por qué luce tan hermosa, tan serena, tan callada?

-¿No debería estar llorando o ya estará pensando en la herencia de Edmundo?

-¿No es lo lógico que se muestre devastada luego de que falleciera el hombre con el que estuvo casada 40 años y con quien tuvo dos hijas?

-¿No tendría que estar triste, al menos, por la ausencia definitiva del esposo ejemplar, del padre amoroso, del correcto y prestigioso profesional que edificó un hogar con todas las comodidades, que le dio a su mujer todo lo que ella deseó, que educó a sus hijas en la mejor y más cara universidad del país, que fue un abuelo enternecedor con sus tres nietos, en especial con el primero, Juan Fernando, que por el divorcio de su hija se convirtió en el tercer hijo de la familia cuando se quedó solo con la madre?

Ana también pensaba. Le golpeaban el rostro ramalazos de viento como cuando caminaba sola bajo la noche y algún automóvil solidario pasaba levantando lastre y polvo, cegándola por instantes, luego de que salía de su mansión de tres plantas para evitar que las niñas despertaran luego de los puñetazos, los insultos y los vejámenes de Edmundo.

Cuatro décadas postergando su propio sufrimiento para que no sufrieran sus hijas, sus nietos, su madre…

Y ahora estaba la muerte. ¿La muerte de su marido sería el alivio final a tanta tristeza acumulada o aquella sombra tosca y simplona la perseguiría por el resto de su vida?

Pensaba qué hubiera pasado si tomaba la decisión de divorciarse cuando ella decidió que había llegado el momento, pero también se le venía encima el peso de la memoria de los momentos felices, los pocos momentos felices como cuando nacieron las hijas, como cuando se graduaron en el colegio, como cuando tuvieron sus primeros novios.

Pero también reflexionaba sobre sí misma. ¿Qué había sido de ella? ¿Hasta qué punto valió la pena el renunciamiento total por los demás, aunque fuera por disimular ante la gente su situación o por sostener un hogar para que sus hijas crecieran con padre y madre?

Tanto tiempo dudando y golpeándose a sí misma la conciencia y ahora todo había terminado con un infarto, como si la existencia no fuera justa.

¿No debía Edmundo haber muerto tras una larga enfermedad, un padecimiento angustioso, alguna manera de compensar todo el tiempo que ella sufrió en silencio?

Mientras cavilaba decidió que la vida era desproporcionada, absurda, irónica. Tantos años esperando que Edmundo cambiara y dejara de abusar de ella, de golpearla, de violentarla sexualmente, de subestimarla.

Y, luego, tantos años esperando que Edmundo enfermara, que desapareciera, que tuviera un accidente de tránsito, que alguno de los vuelos a Europa en los que se embarcó estallara en pedazos, que contrajera una enfermedad terminal.

Ana tenía 68 años y a esa edad no sabía qué esperar. Se decía a sí misma que cuando llegara a los 70 años contaría todo a sus hijas, a sus hermanos y a su madre, porque le parecía que llegar a esa edad era como el arribo al último muelle de un largo viaje que terminaría allí, como si fuera la última puerta que tocaba atravesar.

Pero ahora, en medio de una vorágine de sentimientos, se preguntaba cómo llegó hasta aquí si nunca tuvo las agallas para divorciarse ni tampoco suicidarse.

Había leído mucho, en secreto, cuando no quedaba nadie más en casa, sobre las posibilidades de envenenar a una persona.

Vio películas sobre pociones letales, repasó con cuidado muchas páginas especializadas en química, asistió a conferencias sobre toxicología y cuando decidió cuál sería la manera averiguó si luego de la muerte de la víctima se realizaba la autopsia, pues, aunque ya no le importaba demasiado lo que ocurriera después, no era su idea terminar la vida en una cárcel.

Mintió a la familia para conseguir el veneno. Un día viajó a la provincia del Azuay diciendo que la había invitado una amiga.

Allá fingió ser la dueña de una cadena de joyerías –lo cual no fue difícil para ella, mujer elegante, aún hermosa a su edad-, hizo amistad con artesanos de Chordeleg, el pueblito donde se confeccionan prendas de oro, y logró que le vendieran una porción (ella sabía ya que no necesitaría más de tres miligramos) y volvió a Quito.

Lo que sucedió después no quería recordarlo, al menos en esos momentos cuando los asistentes al velorio la abrazaban y ella debía decir gracias con un tono lastimero como respuesta a las frases de rutina: sentido pésame, sintiéndolo mucho, qué pena, Anita, Edmundo ya debe estar en los brazos de Dios.

Sus hijas y nietos lloraban sin consuelo. ¿Sería Ana capaz alguna vez de contarles lo que sucedió y por qué lo hizo? No, no lo sería.

¿Edmundo en los brazos de Dios? Fue la frase más irónica que escuchó aquella noche. Ella estaba segura de que si Dios existiera, a donde menos iría su difunto esposo sería al cielo.

Y, mientras fingía llorar para que bajara el nivel de la murmuración, pensó que lo que le gustaría es que él ya hubiera llegado al infierno para empezar a sufrir todo lo que ella padeció en estos eternos 40 años que ahora terminaban para siempre.

O quizás no. Porque la crueldad de Edmundo fue tan sistemática e inteligentemente cruel que no sería difícil que fuera capaz de traspasar los límites entre la vida y la muerte.

___________

*Rubén Darío Buitrón es poeta, narrador y periodista. Fundó y dirige el portal digital loscronistas.org

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