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Alberto Cortez, filósofo de lo cotidiano

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Por Rubén Darío Buitrón*

Entrevista realizada el 7 de junio de 2004 para Diario El Universo

El intérprete argentino, quien reside en España, ha grabado más de 40 discos. Vendrá al país para ofrecer tres conciertos.

La última visita que el artista argentino hizo al Ecuador fue en noviembre del 2003, cuando participó en el festival Todas las voces, todas, que se efectuó en Quito.

Ahora, Alberto Cortez vuelve al país para ofrecer tres recitales, el primero de ellos en Guayaquil, este miércoles.

Alberto Cortez es un ser humano sensible, profundamente culto, de cifras históricas.

Él mismo es una historia viva, intensa, poética. Es el niño que nació en Argentina un 11 de marzo, hace 64 años, y que ahora no cree que haya sido una casualidad que el 11 de marzo signifique, a partir de los atentados terroristas en Madrid (ciudad donde reside), un momento a partir del cual la humanidad debe reflexionar sobre la violencia que agobia al mundo, la muerte ordenada por decreto desde los oscuros rincones del poder, la arrogancia y la intolerancia.

Cuando lo contactamos telefónicamente desde Guayaquil, el sábado pasado, hace una primera revelación:  se encuentra en Acapulco (México). Pero no estoy trabajando, subraya, sino celebrando con mi esposa nuestros 40 años de matrimonio.

Justamente hace cuatro décadas, un 2 de junio, se casó con la belga Renée Govaerts. Con ella ha caminado el mundo, lo ha descubierto, ha intentado refundarlo, ha vuelto a inventarlo en sus canciones,  ha imaginarlo en sus poemas.

El tema de los cuarenta años de matrimonio es adecuado para iniciar un diálogo donde nada está previsto, solo el intento de reflexionar acerca de los temas recurrentes en las canciones de Cortez.

Es una conversación entre dos amigos que no se conocen. A un lado de la línea, alguien que, como muchos, ha crecido escuchando su música, lo ha sentido parte de su vida y lo considera un filósofo de la cotidianidad. Al otro lado, alguien que no conoce el rostro de quien lo entrevista pero que tiene la sutileza para responder que no se siente nada más que un individuo llamado Alberto Cortez.

Pregunta: Del amor se habla mucho. Se escribe mucho. ¿Cuánta trascendencia tiene en la vida de los hombres?

Respuesta: El amor es el fundamento de la vida. Más allá de cualquier otra consideración, todo lo que se hace sin amor no tiene sentido en la vida. Yo escribí una canción que se llama La  vida, y al final dice: “No somos libres más que por amor, libres y eternos”.

P: Hay quienes afirman que el matrimonio mata el amor…

R: Hay mucha gente que lo dice, pero yo no pienso así. Con mi esposa Renée llevamos 40 años de casados. Hemos tenido altibajos, como toda pareja, pero hemos tenido la tolerancia y la comprensión suficientes como para permanecer unidos  tantos años.

P: Amor, matrimonio, tolerancia, comprensión, vida. Son sus temas, sus poemas, sus canciones. ¿Es usted un filósofo de la cotidianidad?

R: Yo prefiero que sea la gente, y en este caso usted, por ejemplo, que me consideren de una u otra manera. Yo no puedo ponerme a analizar a Alberto Cortez hacia adentro porque correría el riesgo muy severo de caer en la vanidad. Y ese es un peligro que he querido evitar siempre.

P: ¿Un artista de su trascendencia no es vanidoso?

R: A lo largo de toda mi vida he luchado contra la vanidad, que es una especie de araña que teje su tela alrededor de la gente y después termina devorándola, como hacen las arañas con los insectos. Yo he tratado siempre de evitar esa tela de araña de la vanidad y, en consecuencia, nunca me he metido a mirar hacia adentro, a definir quién es, cómo es Alberto Cortez. Por eso me expongo a través de la música, de la canción y a través de mi presencia en el mundo como personaje público que soy para que me juzguen los demás, no para juzgarme yo.

P: ¿Tampoco acepta ser un poeta de las cosas sencillas?

R: Es un punto de vista. Yo, simplemente, me dedico a contar las cosas que suceden a mi alrededor, las cosas que me sorprenden, las que me gustan y las que no me gustan.

P: ¿Qué contar, por ejemplo, del mundo contemporáneo? Nos dijeron que la caída del muro de Berlín, la globalización y el fin de la guerra fría cambiarían el planeta, pero el ser humano persiste en su actitud autodestructiva, belicista, confrontativa.

R: No todos los seres humanos. Con la caída del muro de Berlín y el atenuamiento (no la desaparición) del socialismo en Europa, estamos descubriendo quiénes en realidad fueron los agresores en el periodo de la guerra fría. Y esos agresores, que utilizaron medios tan persuasivos como las armas nucleares y el adocenamiento ideológico, siguen siendo tan agresivos y agresores como  entonces. Lo que pasa es que ahora  sus objetivos son diferentes: Iraq, Afganistán, el pueblo palestino.

P: Con mayor razón desde el 11 de septiembre…

R: Yo prefiero mirarlo desde el 11 de marzo del 2004, que es más grave. Los agresores ahora son más peligrosos porque se han dado cuenta de que no son tan invulnerables como creían.

P: No son invulnerables, pero tienen el poder económico, militar y político. Controlan el mundo.

R: Sí, pero no tienen el poder social, no controlan a la gente. Y la única forma en la que podemos combatirlos es, sencillamente, rechazándolos. No deberíamos bailar el rock con la alegría que lo estamos haciendo, ni considerar  cultura a una cosa que no lo es.

P: ¿Y América Latina, cuánta culpa, cuánta responsabilidad tiene en todo esto? ¿Por qué América Latina no progresa?

R: Usted se equivoca. Claro que ha progresado América Latina: cada vez hay más corruptos. Y esto, acorde con nuestra historia, es un progreso. Por lo menos ya no son uno ni dos, somos un poco todos y, además, nos hacen cómplices a todos de esa corrupción.

P:  ¿Así se nos mira desde Europa?

R:  No necesariamente. Es mi punto de vista. Desde Europa se tiene de América Latina una visión periodística, es decir, no es una visión a tener demasiado en cuenta. Y no me refiero a que los periodistas me mientan, sino que ellos me ofrecen sus opiniones y puede ser que sus opiniones sean diferentes a las mías.

P: En este escenario mundial complejo, casi incierto, ¿el mundo es cada vez menos poético o hay más razones para la poesía?

R: Yo no creo que hay más razones para la poesía. Por lo menos hay que diferenciar de qué tipo de poesía estamos hablando, si vamos a hacer una poesía íntima, una combativa o una alejada de lo cotidiano para ahondar en lo trascendental. En ese sentido hay cada vez menos y menos gente que lee poesía. Pero como hay cada vez menos gente que lee poesía y hay cada vez más gente que escucha música, la música se convierte en el vehículo para expresar esa poesía que antes la transmitían solamente los libros que ahora, lamentablemente, no hacen más que almacenar polvo en las bibliotecas porque ya prácticamente nadie los lee.

P: ¿Puede interpretarse, entonces, que la canción social o la canción cotidiana, como la suya, se encuentra en fase de extinción? Los mercados internacionales de la canción privilegian ahora un tipo de música con letras “descomplicadas” y temas “light”…

R: Esas son cosas del mercado. Y más que del mercado, del comercio. Y el arte nunca se debe considerar como un comercio.

P: Pero el artista tiene que vender para vivir…

R: Por supuesto, pero eso hay que hacerlo con dignidad. Un comercio digno, que no se entregue al mercado.

P: ¿Cuál es el perfil del público que se acerca a música como la suya?

R: Es el ser humano progresivo, desde el punto de vista psicológico e intelectual. El que no quiere ser considerado un simple voto dentro de la estructura democrática para manipular a los pueblos.  El acercamiento a distintos tipos de música depende de cada quien, no del cantor ni del artista. Depende de la necesidad de progreso y crecimiento espiritual que cada uno tiene.

P: Un escritor ecuatoriano decía que en este mundo tan desigual e inequitativo, ser feliz es una canallada…

R: No estoy de acuerdo. Canallada más bien es considerar que no se puede ser feliz. Quien busca la felicidad de alguna manera la va a encontrar, como la encuentra el que se dedica a trabajar en lo que ama o a cantar lo que siente, el que halla un amor verdadero…  La felicidad es siempre una posibilidad, tiene siempre una puerta abierta.

P: Pero cómo ser feliz cuando el mundo no lo es…

R: Esa percepción viene del individuo, no de la masa. La masa no piensa, la masa se conduce. Tenemos que rescatar el nivel sintiente del individuo pensante. Si rescatamos a ese individuo, él será quien no va a permitir que siga habiendo un millón de pobres por cada cuatro ricos. Pero si el individuo piensa y reflexiona, porque si no piensa es imposible que pueda cambiar el mundo. El cambio viene desde el individuo, nunca de la masa. Los políticos pueden manejar a la masa, no al individuo.

P: ¿Cabe, entonces, luchar todavía por la justicia, por la paz, por la solidaridad?

R: Siempre hay por qué luchar, como dice una canción de Julio Iglesias. Pero siempre hay algo más que esperar de la vida, incluso más allá de la propia muerte. Siempre hay posibilidad de abrir ventanas, siempre hay posibilidad de caminar juntos por una acera de sol y no por una acera de sombras.

P: Es decir, ¿aún queda espacio para el optimismo?

R: Naturalmente. Si no fuera así, la vida entera sería un eterno suicidio.

P: A sus 64 años, ¿cómo valora la vida?  ¿Tiene miedo a la vejez?

R: Todos tenemos miedo a la vejez, porque es la peor de las dictaduras. A medida que uno va acercándose a ella se da cuenta el valor auténtico que tiene la vida. Cada vez consigues menos metas, es más difícil existir. Yo creo que Dios escribió un renglón torcido cuando decidió crearnos a los seres humanos. Yo creo que Dios debió construirnos al revés: habernos hecho nacer viejos e irnos enniñeciendo hasta llegar al paraíso final, el vientre de la madre.

 

 

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