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Los fuegos de la guitarra ecuatoriana

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Por Víctor Vizuete E.*

 La guitarra. Esa consentida. Esa mimada por los payadores criollos. Esa nodriza de quereres peregrinos, celestina de locos desvaríos y fiel compañera de amores no cumplidos todavía palpita con vigor y fuerza.

La guitarra, esa muchacha de estilizado cuello y corazón de resonancia, sigue sonando.

Al compás de sus arpegios crecieron nuestros juglares más representativos.

El «Pollo» Ortiz, Homero Hidrobo, Segundo Guaña, Rosalino Quintero, Carlos Bonilla, y un puñado más de maestros -por sus mágicos acordes y su sapiencia de cultores finos- cimentaron nuestra idiosincrasia y nos legaron un sentido y genuino pentagrama que refuerza las fibras de la identidad nacional.

A ellos -que ya se fueron- se suman viejos y jóvenes cultores que todavía defienden la heredad musical ecuatoriana de la acción devastadora de los nuevos ritmos que embelecan a las generaciones actuales.

Su sonido todavía seduce a legiones de millenials, hípsters y frikies, aunque no lo pareciera, porque no hay mensaje más sentimental que el que sale desde sus cuerdas de corazón y madera fina.

Armados con esas andariegas, esas empedernidas caminantes, guitarreros y requintistas transitan por los más intrincados vericuetos y los arrabales más amargos, de la misma manera que aterrizan en los más encumbrados teatros y escenarios.

Y se adueñan de todos los balcones, porque las serenatas  aunque malheridas por la irrupción de los mariachis- aún conmueven a las muchachas que palpitan detrás de los visillos de sus alcobas. La guitarra, y su hermano gemelo el requinto, prosiguen con su sacrificada labor de plañideros y generadores de amores y nostalgias.

Sentimental por esencia, bohemia por antonomasia, la guitarra tradicional tiene todavía un ejército de músicos que la defiende.

Entendedora del débil corazón humano, armoniza con sus cuitas, socorre sus penas y camina con sus esperanzas.

En sus cuerdas, henchidas de sentimientos, se han digitado a través de la historia tantos sueños y promesas, se han roto tantas pasiones intensas, se ha enhebrado tanto amor eterno.

Escuderos con dedos de houdinis, mantienen su pasión y sostienen su inmortalidad.

Terry Pazmiño, Guillermo Rodríguez, Hugo Oquendo, Milton Estévez, Segundo Bautista, Julio Andrade, Navigio Cevallos y Eduardo «Chocolate» Morales son algunos de los prestidigitadores que mantienen la vigencia de este instrumento, inventado en 1850 por el español Antonio Torres, sobre un boceto del italiano Gaetano Vinaccia, en 1779.

Pazmiño es un artífice de la guitarra clásica y la tradicional.

Destetado y cuereado en Chimbacalle, este quiteño de 69 años nació con la música en los dedos. Logra los más armónicos acordes de una composición del maestro español Andrés Segovia o de un sanjuanitos de Víctor Valencia, compositor ecuatoriano nacido en Machachi durante la navidad de 1894.

Sanroqueño profundo, Guillermo Rodríguez fue reconocido como «El requinto de oro de América» por el mismísimo Alfredo Gil, el mítico fundador del trío Los Panchos y creador del primer requinto mexicano. Ocurrió luego de una presentación del trío Los Embajadores en suelo charro y dejó boquiabierto al güero.

Segundo Bautista es polifacético y dueño de una sensibilidad poco común. Ciego desde los tres meses de nacido, este cotopaxense de Salcedo es, desde hace 85 años, el creador de la música de «Collar de lágrimas», el himno no oficial de los emigrantes ecuatorianos en el mundo.

Virtuoso -como el divino Mozart-  desde los siete años, el maestro Segundo sigue activo y todavía compone, aunque sea un poquito cada día, en su departamento del noroccidente capitalino.

Eduardo Morales es el requintista más popular del país.

Es acompañante obligado de los más importantes cantores de música nacional. Pone música a las voces de Paulina Tamayo, Carlos Grijalva, las hermanas Naranjo Vargas o La Toquilla.

Bautizado como «Chocolate» por el locutor Armando «Candela» Heredia durante una actuación de los Hermanos Yacelga en el ahora viejo coliseo Julio César Hidalgo, la precisión del punteado de este chulla nacido y crecido en Los Dos Puentes es música que endulza todos los oídos y todos los lugares.

También hace de solista. Impecable. Lo demostró, por ejemplo, en la exhibición que realizó este sábado 21 de julio en el Teatro Variedades. Lo hizo junto a Julio Andrade, otro genio del arte de hacer música con las seis cuerdas de nailon de las guitarras actuales.

A pesar de su perfección y destreza, estos artífices de guitarras y requintos serían poco sin el aporte de los artesanos.

Son los luthiers nacionales quienes, a fuerza de constancia y rigor, oído entrenado y perfeccionamiento continuo, han dotado del sonido perfecto a estos instrumentos con el objetivo de conseguir el sonido más prístino.

Son Hugo Chiliquinga, Euclides Salazar, Jaime Ruiz, Eduardo Núñez, Javier Crespo Suárez y César Guacán, maestros de la ebanistería, respetados en decenas de países del mundo.

Todos fueron o son eximios alquimistas en convertir las finas chapas de capulí, laurel de la India y maderas de dura y fina veta en objetos de sonido inmaculado y afinación perfecta.

Chiliquinga fue, tal vez, el más reputado de esa estirpe de perfeccionistas.

Fallecido en 2011 a los 70 años, el luthier pillareño logró tal experticia que su nombre se nombra con devoción en los círculos artísticos internacionales. Tener una «Chiliquinga» en manos de un guitarrista es un tesoro y un orgullo.

Aprendió el oficio de su padre, Emilio, en su terruño. Pero también logró conocer sobre melodías y fue músico de buen corte: integró el Trío Jervis y acompañó a figuras como Olimpo Cárdenas.

Su mayor aporte a la fabricación de instrumentos de cuerda de alta gama es la creación de la tapa armónica radial con un sonido óptimo, totalmente limpio.

Edmundo Núñez también es un artesano de altísima  calificación. Sus guitarras (clásicas, españolas, tradicionales…) suenan en muchos de los más prestigiosos escenarios musicales del mundo.

Desde 1950, el taller que el maestro bolivarense abrió en la avenida Maldonado junto al puente del Machángara ha sido un lugar de culto, donde llegan buscadores de guitarras de máxima calidad. Su hijo William ha heredado su habilidad, su persistencia y su negocio.

El último luthier actual, que se ha ganado un nombre en el concierto mundial, es César Guacán.

Pequeño, ágil y nervioso, como un gorrión, aprendió los secretos del oficio bajo la inquisidora mirada de Jaime Ruiz, Euclides Salazar y Edmundo Núñez.

De todos ellos extrajo enseñanzas y las mezcló con sabiduría de alquimista. Las pasantías con luthiers de la talla del gringo Richard Grone y los hispanos Mariano Conde, «Calillo», y el famoso Bernabé completan su bagaje.

Sus guitarras son síntesis de armonía, estética y sonido. Ruedan de escenario en escenario en el mundo.

Su casa-taller-showroom, emplazada frente al cementerio de San Diego, es un museo con cientos de visitantes que se van cuando llega la noche.

Lo seguro e irrefutable es que la guitarra no morirá mientras Ecuador cuente con esta calidad de artesanos y artistas, porque, lo sabemos, siempre vivirán el amor, el desamor, el llanto, la esperanza, la pasión, el deseo.

Y nada mejor que la guitarra para atizar esos fuegos.

__________

*Víctor Vizuete E. fue periodista de El Comercio de Quito. Aunque fue el gran motor de la sección Construir, es además un excelente cronista, poeta y narrador. Tiene un libro inédito, de próxima publicación con el sello Los Cronistas, y es un destacado miembro de este grupo.

*En la fotografía, el maestro César Guacán.

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