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Réquiem por Euler Granda (II): Al Parkinson le mata la poesía

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Muchísimos años después de aquel acontecimiento -el de descubrir que la poesía le había confiado sus intimidades-, Euler Granda, de 82 años, escucha a Piazzola, a Goyeneche y come pan, de sal o dulce.

La música da vueltas en la pequeña sala de su casa en una de cuyas paredes Guayasamín le dedica un cuadro y un poema suyo enmarcado le advierte al visitante que está frente a un ser de pocas palabras, pero de geniales frases.

Por las ironías del destino, aquejado de Parkinson permanece casi sin moverse, aunque con la mano derecha inquieta, como si quisiera escribir algo o le cogiera dictado al viento caliente que llega desde afuera, de ese Portoviejo que lo acogió junto a su segunda esposa Ximena (Yanena o Gianena) luego de divorciarse de la poeta Violeta Luna y cerrar su consultorio médico-psiquiátrico en un sector pobre de Quito.

«La enfermedad me ha afectado terriblemente«, susurra, mientras le pide a su compañera que por favor lea su libro: «Que trata de unos gatos y otros poemas«.

Ella empieza y, de un momento a otro, Euler Granda comienza a hablar en sus poemas de todo aquello que se le vino más que a la mente al corazón durante muchos años, desde que inventó a Juan el Huasicama para dar duro a los que más tienen, a los que matan porque les da la gana, a los que siempre le dieron motivos para hablar de lo uno y de lo otro.

«Sí, fue un poemita que lo escribí a los 18 años y que luego se hizo popular. Creo que algo tuvo que ver un poema que leí de Miguel Ángel León«.

Sus palabras le atinan al pasado, pero se disuelven en el ambiente como polvo, como humo de incienso, como nubes en trocitos.

Ximena sigue leyendo y los tangos acompañan su voz en una especie de complicidad no planificada.

Oye en las noticias que la corrupción esto, que la injusticia aquello, que el Seguro Social lo mismo y todo se va quedando guardado como un credo en los que escuchan atentos porque de las metáforas dolientes también se aprende.

El maestro mira a la concurrencia y se da por satisfecho: lo que ha escrito también él lo ha escrito para siempre.

Apurado por quién sabe qué necesidad íntima, el poeta se levanta a las seis de la mañana, cuando el cielo no es negro ni blanco sino mestizo.

Mira las noticias, las comenta y, de eso, de esa realidad, escoge algo para comentar.

Si quiere escribir acude a su compañera y le cuenta lo que le sucede dentro.

Ella, solícita, lo acompaña en la faena cuantas veces sean necesarias hasta dar con el mensaje cabal.

Así, de esa manera, sin quitarse de en medio, ha terminado de escribir su último libro: «Poemas a precio de gallina enferma«.

Son cerca de 30 creaciones que, al igual que los otros, nacieron del deseo de denunciar, de componer en algo la vida de los otros, de la mayoría, de esos que esperan, como él, «una tortuga que nunca termina de pasar«.

A media confesión le da por recordar a sus amigos, algunos de los cuales ya se han ido y otros de los que no sabe dónde están.

Habla de Carlos Eduardo Jaramillo, Fernando Cazón, Antonio Preciado, Stalin Alvear, los dos Horacio, Hidrovo y Mendoza, y otros a los que añora porque junto con ellos anduvo compartiendo poemas y otras “ocurrencias”, como cuando se celebraba el festival «La Flor de Septiembre«, en Portoviejo.

Ximena dice que sale poco, pero que sí lo hace.

No faltan los homenajes, las placas con su nombre en mayúsculas corridas, las tertulias literarias que demandan su presencia, aunque el maestro se empeñe en decir que ha escrito «cosas sin importancia» y por las que nunca ha esperado nada.

Pese a ello, ahí está el premio Eugenio Espejo -el máximo galardón nacional-, como un reconocimiento, según él, inmerecido.

Son las 11 de la mañana y una taza de café caliente se interpone entre él y los demás con su humo estirándose hacia arriba, danzando solo por segundos. 

Ximena lo mira como esperando una petición nueva, pero el maestro se sume en el silencio.

Su mano derecha, acostumbrada a la pluma y el papel, a la llaga viva y la palabra, sigue sin estar quieta. Nadie sabe lo que tiene en mente. Nadie sabe si, a esas horas del día, un verso le está dando vueltas en la cabeza o un recuerdo quiere que lo tome en cuenta. 

Al final se termina el café y vuelve a pedir que le lean algo. Se trata de un poema dedicado al Malecón 2000 en el que, sin avisos ni contraseñas, exaltando el lugar común como argumento válido, habla de «árboles con pelucas, juegos artificiales y aguas plagiadas«.

Se escucha en la radio «Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, yira, yira…«.

Pero ya no hay más palabras de por medio. Solo la convicción definitiva de que si al Parkinson no le gusta la poesía, qué pena, pues si se mete con el poeta deberá aguantarse todos los versos que le dé la gana, incluso más allá de la muerte.

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