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Unos prometieron que defenderían a muerte la decisión presidencial y otros que la impugnarían con todas sus fuerzas.

Ambos grupos prometieron que pasarían en la Plaza Grande, frente al Palacio de Gobierno, todas las tardes y noches: los simpatizantes de PAIS para que se ratificara y los opositores, devenidos ecologistas radicales, para que se rectificara.

Lo extraño fue que el jueves 22, exactamente una semana después de que el mandatario anunciaría su resolución oficial de explorar y explotar el uno por mil del área protegida de la zona selvática del Yasuní, unos y otros expresaban su amor incondicional por una de las reservas ambientales más importantes del planeta.

Pero esos apasionadamente enamorados del Yasuní estaban divididos por un contingente de al menos 200 policías, por ambos pugnaban para en las oficinas presidenciales se escucharan sus consignas, sus alertas, sus lemas, sus posiciones.

Había luna llena, allá arriba.

Había luna llena más arriba de Carondelet, donde, pese a la hora, algunas oficinas mantenían sus luces encendidas.

Había luna llena y la noche era extraña: no hacía demasiado frío, no golpeaba ese tradicional aire gélido que obliga a la gente a blindarse con chompas, abrigos, sacos de lana. No, no había nada de eso.

O era la intensidad del calor humano que colmaba la parte delantera de la Plaza Grande, justo frente al Palacio de Gobierno, lo que impedía que sintiéramos el viento helado de agosto en la exfranciscana capital.

Y ahí estaban, en uno de los muros exteriores de la Catedral, entre las calles Espejo y García Moreno,  una decena de afiches, de aquellos clásicos en lo que se busca a la gente desaparecida, pero eran imágenes de los funcionarios gubernamentales Javier Ponce, Miguel Carvajal, Carlos Viteri, Betty Tola, Paco Velasco, Rosa Mireya Cárdenas…

Era como que los opositores a la explotación les dijeran: ¿Y ustedes, que tanto defendieron o defienden la ecología y la naturaleza, por qué ahora callan o apoyan la extracción petrolera en el Yasuní?

Sobre el muro, arrimadas a la parte superior, decenas de personas de toda edad y condición social, desde niños hasta ancianos, participaban en La vigilia de las luciérnagas, convocada por la actriz cómica Monserrath Astudillo, que esta noche no lucía ninguna sonrisa ni tampoco tenía ganas de bromear.

Es un asunto serio, muy grave para Monserrat, como parece que lo es para las cientos de personas que la acompañaron en el acto simbólico  donde se realizaron las honras fúnebres y el entierro del planeta, en un ataúd de madera, víctima de la explotación petrolera y la contaminación.

Y estaba el exministro de Ambiente, Edgar Isch, militante del MPD, mezclado con los artistas y gente de barrios de clase media alta y alta que había llegado a compartir la vigilia.

Del otro lado, hacia la bocacalle entre la García Moreno y la Chile, estaban dos grupos de camisetas verdes, uno que hacía publicidad a un candidato esmeraldeño para las próximas elecciones seccionales y otro que había llegado desde Latacunga, dirigido por Rodrigo Espín, alcalde de Latacunga.

Mientras los gigantes altavoces de la tribuna -donde intervenían grupos, tríos y solistas que vivaban al Presidente Correa- intentaban distraer y convocar el apoyo de los presentes a la decisión de extraer petróleo del Yasuní, las dos multitudes, la una y la otra, alzaban sus voces, cada vez con mayor encono, mientras los policías, para impedir el choque entre los grupos, hacían cadenas con sus brazos y empujaban a la gente de los dos bandos, hacia la izquierda a la una, hacia la derecha a la otra, ambas mirándose con rencor.

“Asesinos, asesinos, asesinos”, gritaban los de la vigilia de las luciérnagas. “Drogadictos, hippies, marihuaneros”, respondían desde la masa verde.

La masa verde, que había llegado antes de las cinco de la tarde y estaba compuesta de población afro, indígenas y mestizos, parecía desfallecer hasta que llegó la comida, unas tarrinas de marca “Rapidito”, de Fideos Oriental, curiosamente con los mismos colores de la bandera de PAIS.

Algunos, antes, habían picado de la alforja colectiva (tostado, queso, papa chaucha, mote, habas, queso…).

Pero el viaje, las horas de pie en la plaza Grande…

Entonces comieron, volvieron a gritar consignas a favor del Presidente, escucharon algo de música y después de una media hora se fueron retirando, mientras del lado derecho con relación a Carondelet, la masa multicolor parecía aumentar.

Los conductores de los vehículos que pasaban por la García Moreno, tímidos, unos, y partidarios del Gobierno, otros, no respondían al clamor de “Pita por el Yasuní”.

Pero eso también fue cambiando con la noche. A eso de las nueve, ya se escuchaba más el ruido del claxon desde algunos autos.

Entre la masa multicolor, donde se mezclaban emepedistas, jóvenes sinceramente ecologistas y pelucones adversarios del régimen, destacaba la belleza de una declarada amante fiel del Yasuní, Christin Zalmon, joven estadounidense de perfectas facciones, 22 años, voluntaria en una fundación amazónica.

Con la mejilla izquierda como óleo donde se había pintado una rosa y con un aro de piercing en su nariz, Christin repetía que estaba allí porque ama la naturaleza y porque “con todas mis fuerzas no permitiré que se explote un milímetro cuadrado del Yasuní”.

Lilián Malisa, reina del Municipio de Latacunga, jovencita también, de facciones delicadas también, gritaba desde el otro lado que era mentira todo lo que se decía sobre lo que quería hacer el gobierno con el Yasuní.

“Los jóvenes aman el Yasuní y creen ciegamente en la promesa del presidente Correa de cuidar que la explotación petrolera del uno por mil no dañara nada del parque natural”.

Lilián pronunciaba con emoción y énfasis cada frase mientras buscaba la protección de una amiga y del alcalde de su ciudad, que se acercaba para decir palabras parecidas.

Cuando el ataúd se acercó a pocos centímetros de donde estaban los verdes que aún quedaban del otro lado, se intensificaron los gritos y las ofensas:

“Asesinos, asesinos, asesinos”, gritaban los de la vigilia de las luciérnagas, cada vez con el apoyo de jóvenes que se sumaban y se sumaban.

“Drogadictos, hippies, marihuaneros”, respondían desde la masa verde, cada vez más dispersa, más débil, más insólitamente solitaria.

El fin de semana ya no hubo vigilia. No hubo protestas. No hubo apoyo. La noche del lunes, alrededor de las nueve, la paz bañaba de luces  coloniales todo el paisaje legendario.

Nadie había acudido a reclamar. Nadie había acudido a respaldar.

Era como si esperaran algo, todos metidos en sus casas, o como si toda la energía de los dos bandos se hubiera disuelto aquel jueves en el que gritaron, lloraron, se ofendieron, se amenazaron, estuvieron a punto de romper la barrera policial.

Ya no estaban los que prometieron no moverse de allí hasta que el Presidente rectificara.

Ya no estaban los que juraron que impedirían con su vida que se intentara dar un paso atrás.

Para alguien que no fuera de acá y que no entendiera el contexto político, económico, social y ecológico en que ocurren estos hechos, se trataría de un absurdo: ¿por qué pelean entre ecuatorianos si todos dicen –de una forma u otra- amar profundamente el Yasuní?

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